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Mi turno: así comenzó la aventura (por Raúl)

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Tenía muchas ganas, soñaba, con encontrar a una chica con la que ser feliz. Hacía años que la buscaba, sin frutos. Nunca se sabe, en estos casos, qué porcentaje de culpa tiene uno y cuál tienen las circunstancias o, simplemente, la mala suerte. Aunque yo siempre pensé que había más de lo primero que de lo segundo. Un día, navegando maquinalmente por internet, me topé con una página interesante. Nunca creí en el amor a distancia y era tremendamente escéptico acerca de la posibilidad de los “cibernovios”. Siempre me sonaron a freaks que nunca se conocen lo suficiente y que se dejan llevar por las apariencias y por la “magia” de la palabra escrita. 
Soy católico y orgulloso de serlo. No lo fui toda la vida. Durante un tiempo, experimenté el fuego del convertido. Los convertidos son curiosos e intrépidos, pero también imprudentes y, a veces, faltos de caridad. Ese entusiasmo y esa tosquedad la fui perdiendo levemente con el tiempo. Como todo lo bueno que me ha pasado en la vida, no lo busqué yo, me lo encontré. Más bien Alguien me lo hizo encontrar “por casualidad”. Así que cuando vi aquella página, católica hasta las cachas, me animé, y a pesar de parecerme de un nombre… no sé, quizá excesivamente clerical, me pareció una buena iniciativa. Sin mucho convencimiento, me hice de esa página. Seguramente más para que no se pudiera decir que no había puesto los medios. La página era bonita, el cuestionario, en general, completo y bien hecho. Pero había un problema. Eran todas latinoamericanas. No era lo que buscaba. Jamás se me pasó por la cabeza, y subrayo el “jamás”, tener una relación con alguien que no fuera de España. Da igual que fuera inglesa, francesa, brasileña o peruana. Nunca. La situación en la que estoy ahora no solo no la tenía prevista, sino que iba en contra de todos los planes que había hecho hasta esa fecha. Pero bueno, era lo que había. Así que sin mucha fe ni entusiasmo comencé a hablar con varias chicas, normalmente a iniciativa suya, tal era el escaso tiempo que dedicaba a esas cosas. Estuve saliendo cuatro meses con una española. Ella no era la mujer de mi vida, no éramos complementarios para nada y no habríamos encajado. Pero fue como un noviciado del amor, una preparación necesaria para poder amar a la mujer más importante de mi vida, que todavía no conocía. Aprendí varias cosas. Pero una es importante: si ella es “la” persona, no dudes en buscarla. Te meterás en problemas, te complicará la vida. Pero los trenes, algunos, solo pasan una vez en la vida y si se ve “el” tren, el preparado desde la eternidad para ti, debes saber reconocerlo y debes saber seguirlo. Una relación sin entrega, sin confianza y sin espíritu de sacrificio está destinada a ser solamente un grato recuerdo (o quizá no tanto) en la memoria. Gracias a Dios, ella cortó conmigo. Cuando volví a abrir la página vi que varias chicas me habían escrito. Recordé que hacía meses una de ellas, no recordaba cual, me había enviado un protocolario correo, seguramente igualito al que habría enviado a otras diez personas. Y no me equivocaba. Ojeé su perfil, que casi había olvidado y pensé que una chica tan bonita seguramente habría conocido ya a otro. Y yo, con mi timidez sin remedio, simplemente le pregunté si estaba con alguien y si no le importaba que nos habláramos. Me dijo que no estaba con nadie (mentira) y que claro que le encantaría que chateáramos.

Con el paso del tiempo, a uno le hace gracia las cosas que dije, que dijimos, en esas semanas de los primeros contactos. Todavía con la mala experiencia anterior en la cabeza, y convencido de que el fracaso había sido, en gran parte, culpa mía, me empeñé, nos empeñamos, en mostrar nuestros defectos, nuestras manías, nuestras enfermedades. Al revés que marcan los cánones, no mostramos nuestro lado más precioso, más atractivo, sino nuestros claroscuros, como advirtiendo al otro el jardín en que se metía. Sí, tenía miedo de sufrir otra vez. A muchos les pasa y a mí me pasó. Quizá por eso las primeras semanas no le hacía demasiado caso. Ahora, sabiendo la escasa paciencia de mi esposa veo la mano de Dios en esa espera, que debió de ser fatigosa y desesperante, de alguien que dudaba en abrir el corazón por temor a ser roto de nuevo. Esos primeros momentos en el que parecía que intentábamos persuadir al otro para que saliera corriendo en dirección contraria, fueron decisivos. Me encontré con una chica con la cabeza en su sitio, que no salió huyendo; con la que tuve, desde el principio, una conexión y una complicidad muy especial. Muy pronto se volvió una costumbre escribirnos o vernos todos los días, a pesar de la diferencia de horario. Comprendí que se había vuelto un terco hábito chatear y hablar con ella. Que no podía dejar de hacerlo. Y que la belleza de haber sido francos, de haber iniciado con la verdad por delante, me daba una confianza en ella como nunca había tenido. A pesar de que apenas la conocía. Así que un día, a una cariñosa llamada, respondí que yo también la quería. No fue un “yo también” protocolario ni rutinario, sino bien pensado. Mi corazón me lo pedía pero mi cabeza todavía me exigía que no hiciera locuras. Pero, ¿cómo no querer a esa pequeñita pizpireta? Con la confianza en que se diera cuenta de la importancia de esas pocas palabras, las escribí. Por supuesto sí lo captó. Estábamos en la misma onda. Por vez primera, entre nosotros, sentí un escalofrío. En menudo lío me estoy metiendo. No sería la primera vez que lo tendría. Aquello era solo el principio. Era el 23 de agosto de 2009.

 


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