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El hombre lobo que no aúlla

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Después del “sí quiero”, lo que viene es un reseteo. Ya no eres la misma/el mismo. Ya no ves con los mismos ojos a quien hasta ese momento fue tu compañero durante unas horas al día, desde la recogida del trabajo hasta la hora del tutu meme. ¿Por qué? Pues justamente por eso. Porque de ¿16? ¿8? ¿2? se pasa a 24, 365, 12 y todo aquello que indica TIEMPO. Comienza la temida convivencia.

Antes de casarme, leí y escuché mucho que todo cambiaba después de la luna de miel. Que la dichosa luna convertiría a mi marido en una especie de hombre lobo. “Nada será igual”, decían. O peor: “Te doy 6 meses para que sigas diciendo que todo va bien”. Yo me rebelé ante eso y me sigo rebelando. Claro, con mes y medio de casada, cualquiera diría que como esta sigue en Máncora Beach y su bouquet de cartuchos en la mano, no se ha dado cuenta del lío en el que se ha metido. Quizás sí, quizás no. De todas formas, el lío me sigue resultando espectacular.

Comienza a resultarme como papita Pringles con chocolate el mismo día de la boda. Raúl y yo nos casamos al mediodía, y luego vino el jolgorio. La verdad es que los invitados –pocos, no había presupuesto para más-, se la pasaron muy bien, a juzgar por las fotos. Quien tuvo más de un problema fue, ¿adivinen quién?, yo. Sucede que sufro de colon irritable, el cual hace berrinche ante una situación tensa… como la de unirse a un hombre para toda la vida, forever and ever, en la salud y en la enfermedad. Y ese día, claro, no me dio tregua. Desde temprano, mientras mi peluquera pensaba cómo lograr que mi cabeza pareciera la de una novia, sentí el ajetreo interno. Hasta la salida a la iglesia, en medio de la hiperactividad que inconscientemente me generé para desestresarme, solo pude comer las galletas de agua que me dio María, la dueña de mi cabeza, y un pan con nada que encontré por ahí. No me daba el estómago para más.

Llegamos temprano a la iglesia. Nos estacionamos un par de cuadras más adelante, y revisé por curiosidad el pequeño maletín para emergencias que me dejó mi wedding planner. Encontré agua de azahar y Julio, mi amigo que hizo de chofer ese día, me dijo: “Chola, eso es bueno para los nervios”. Mmm… nunca la había probado, pero Mariana –mi comadre- me había contado que ella la tomó antes de casarse. Bueno, probaremos, tan buena será la cosa… Puaj. Sabía a colonia de baño. Ups . Alguien necesitaba ir al baño, en plena calle, con vestido impecable, cola y un enagua más enredado que red de pescador. Tenía dos horas o incluso tres por delante antes de poder darle paz a mi cuerpo. Ni modo. A lo hecho, pecho.

Así transcurrió la misa, la fiesta… y llegó el momento de partir. Casi no había almorzado, SÍ había tomado vino –algo tenía que disfrutar, y siendo no tan caro, estaría suave, ¡je!- y también le entré un poco al whisky. Como a las 8 pm, ya no podía más conmigo. Fui al baño. Me encerré… y escuché: “Yujuuu… ¡solo quiero despedirme!”. Mamma mia. Y así, uno por uno –de los que no se quedaron hasta las últimas consecuencias-, fueron desfilando. Cada uno con consejos, buenos deseos, abrazos, risas, chistes… Raúl no sabía de mi estado deplorable porque no quise preocuparlo, ni a ninguno de mis invitados. Lo cierto es que solo recuerdo que ya quería decirles a todos que los amaba, que gracias totales, pero que por favor ¡necesitaba ir al baño!

Nos embarcaron en un taxi para ir al hotel. Fue cuando le dije a mi flamante marido, de manera explícita: “Me siento mal”. Y de manera implícita, claro: “En la salud y en la enfermedad… ¡aunque sea nuestra noche de bodas!”. Qué horror. Llegamos al hotel. No tenía mi DNI para identificarme como socia –y, por tanto, como dueña de la reserva-. Como existe alguien llamado “ángel de la guarda”, este personaje puso en la billetera de Raúl mi carnet de socia. Sin foto ni nada, tendrían que creerme por mi vestido de novia y la cadeneta de colores puesta en el cuello de mi esposo, rezago de la hora loca.

El proceso demoró y lo transcurrido durante ese tiempo se resume en mi marido parado y ansioso por que la Recepción se liberara –fue una noche particularmente movida- y en mí, sentada en una de las barrocas sillas del Country Club, escondiendo los pies sucios de tanto bailar, sonriendo cual niño de 3 años para foto carnet a todos los que pasaban y decían: “¡Felicidades!”. Por fin, un amable botones cogió nuestra maletita celeste y nos llevó hasta la habitación. El famoso “al fin solos” se convirtió en un “tendrás que empezar a ejercer tu función de marido… ¡ayúdame!”.

Entramos ambos al baño y vi cómo Raúl, cuidadosamente y con ternura, en la noche más importante de nuestra vida, me ayudó… a vomitar. En la salud y en la enfermedad… el hombre lobo, en su primer gesto de amor marital, mostró su cuerpo de cordero. Fue mi mejor Dr. Jekyll –y poco me interesa si alguna vez se convierte en Mr. Hyde, porque un mal día lo tiene cualquiera-.

A lo largo de este mes y medio, Raúl no solo no ha salido a aullar a la luna, sino que, con cada una de sus acciones –obras son amores y no buenas razones-, sin cursilerías ni corazones pegados en la refrigeradora, me hace descubrir cada día más la alegría de la entrega, de la comprensión, y hasta de los berrinches que te hacen saborear la dulzura del pedir perdón y sentirte perdonada –pesadas mujeres somos, hemos de reconocerlo-. Me rebelo y me sigo rebelando ante el enfriamiento y la rutina pronosticadas por los meteorólogos del amor marital. Lluvia, sí; tormenta, también, pero jamás, mientras haya voluntad, decisión y corazón, un día sin necesitarnos. Forever and ever.

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