Uncategorized

Así continuó la aventura (por Raúl)

 

No sin dificultades e incomprensiones, me lancé a la aventura. Objetivamente, racionalmente era una locura. Iba a cruzar el Atlántico para conocer a una chica a la que había conocido poco antes, confiando en la sinceridad de nuestras conversaciones, alguien a quien nunca había visto en carne y hueso. Era la primera vez que viajaba en avión. Nunca fui muy viajero y en España basta con el auto o el tren para desplazarse de una ciudad a otra. Estudié previamente el aeropuerto de Barajas como se examina con minuciosidad los planos de un tesoro o se estudia para un examen. Calculé el tiempo y me presenté, como suelo hacerlo, con excesivo tiempo de antelación. Todavía no sabía que la mujer con la que dos años y pico me iba a casar tenía la persistente afición a llegar apurada a todas partes.

Aún no sé bien por qué lo hice. Quizá una corazonada muy fuerte de que si no acudía a la cita allá en el quinto pino, corría el peligro, muy real, de perder un tren importante. Y no estaba dispuesto, eso sí lo tenía claro, a quedarme para siempre con la duda de si era o no la chica indicada. Y también es cierto que desde el primer momento su presencia, virtual, me transmitió confianza y paz y fuimos sinceros, a veces, al inicio, brutalmente sinceros. Sea por lo que sea, la realidad es que, a pesar de las oposiciones, no me dio miedo.

El vuelo fue aburridísimo, como todos los de doce horas, amenizado únicamente por alguna película medianamente interesante y por el servicio, solícito, de las (todo hay que decirlo) bellas azafatas de LAN. Menuda diferencia con los vuelos de Iberia, en los que, aparte de llegar a ser extenuadamente pesados en el reparto del pan o del café (pasan como diez veces), la tripulación es vieja, pesada, fea y arisca. Con alguna honrosa excepción.

Cuando me entraron los cosquilleos de nervios fue cuando aterrizamos. Ya no podía dar marcha atrás y coger un autobús de vuelta a casa. Aunque habíamos conversado por computadora muchas veces no pude evitar que me aflorara el inevitable pensamiento. ¿Será como la he visto? ¿O de repente será más alta, más gorda y arrugada? O peor todavía, ¿y si su forma de ser es radicalmente diferente?

No es que me imaginara un encuentro de película, pero sí esperaba a alguien con ansiedad por ver a esa esperada persona que había saltado el charco por verla, por ver con quién estaba cometiendo esa locura de encontrarse a través de ese aleatorio medio que es internet. No sé, algo cariñoso. Un encuentro afectuoso, un beso de bienvenida y por fin en nuestros labios. Cuando salí por la puerta del Jorge Chávez, con las piernas de espagueti de los nervios, la busqué con impaciencia con la mirada… y la vi. Sí, era como me la imaginaba, pequeñita, nerviosa, inquieta, bonita. Me topé con una mujer peruana al cien por cien. Me vio y en vez de acudir a mi encuentro, la muy chismosa se quedó comentando con una amiga –por teléfono- lo guapo o feo que me veía o Dios sabe qué cosas. Quizá corroborando que poseía boca de periquito y piel de pollo hervido. Únicamente cuando acabó la conversación, para ser sinceros no muy larga, empezó a acercarse a mí, para darme un sencillo beso en la mejilla y sin más preámbulos ni ceremonias, dirigirme, como si recogiera a un español cualquiera, al estacionamiento del aeropuerto. Recuerdo que en ese momento, mientras metía mi maletaza en su carro y entraba en él, entré en duda por primera y única vez. ¿Quién narices es la chica que tengo al lado? ¿Me habré equivocado? Y si es así, ¿qué puñetas voy a hacer tantos días en este país?

Pero no, no me equivocaba. Después de diversas aventuras y una fiesta de fin de año de lo más original, en casa de una chica desconocida que un amigo de ella había conocido en una noche de bohemia; de varios días de llevarme a los lugares más fichos de Lima, para que no me llevara mala impresión, llegó la hora de la partida. El viaje era simplemente para ver y experimentar cómo era María José Salazar. Nada más. Si salía bien, perfecto. Si salía mal, pues al menos lo había intentado. Y había pasado unos días de vacaciones en América, que no estaba nada mal. Pero el pensamiento que me invadió fue: Raúl, en menudo lío te has metido. Todo fue mejor de lo que esperaba. Y ella, lo mejor de todo. Solo tú te metes en estos fregados. En fin, que fuera lo que Dios quisiera…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *