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El drama del olluco

Una de las preguntas más frecuentes que la gente te hace antes de casarte es: “¿Sabes cocinar?”. En estos tiempos de “igualdad”, añaden: “¿Y él?”. Cuando las formulaban, mi respuesta era contundente: no a la primera, no a la segunda. Sé freír huevos y hervir el agua. Raúl sabe cocer fideos. Punto. Eso sí, cuando alguna vez me vi en necesidad, logré hacer “algo”, y mi marido vivió un año de ensaladas de tomate y cebolla. Suficiente, sobreviviríamos.

Los días posteriores a la luna de miel, vivimos de una caja de víveres que nos regaló Ripley y de unas cuantas cositas que había comprado Raúl (hamburguesas de pollo precocidas, sal y aceite para ser más específica). Sin embargo, los días de comer en Fast Food casero debían terminarse. Había llegado el momento de hacer nuestra primera compra de alimentos para la casa.

Al ser la primera vez que realizábamos algo verdaderamente doméstico (aparte de barrer y limpiar el baño), el asunto fue muy emocionante y hasta romántico. Además, como andamos justos de dinero elegíamos, de lo que necesitábamos, lo más barato. Casi morimos al ver el precio de la carne y el pollo, más aún del atún. Qué desgracia, cuánto gasto. Y a mí, que soy la reina de las rarezas, se me ocurrió comprar una bolsa grande de OLLUCO.

¿Acaso comprar olluco es una rareza? ¿Es un tubérculo tan exótico? ¿Cuesta tan caro como el caviar? En lo absoluto. Sucede que, hasta el día antes de dejar la casa de mis papás, era un pequeño martirio llegar en la noche y encontrar que la cena era OLLUCO. No sabía mal, además, Tina cocina espectacular. Pero siempre tuve con él una relación de enemistad, un sentimiento que va de la ira a la depresión. Por eso, era inimaginable que comprara –y en tanta cantidad– OLLUCO. Al parecer, estaba barato, así que vida nueva, estómago nuevo.

Pasaron algunas semanas antes de que volviera a tocar la bolsa, bien encajada en mi refrigerador. La excusa –cierta– era: no sé cómo cocinarlo. Un buen día, una señora que trabaja conmigo, me regaló el ancestral libro “¿Qué cocinaré hoy?”, y ya no hubo escapatoria. Ahí estaba la receta.

Abrí el libro, página 83. “Olluquito con carne”. Mmm, veamos… pucha, demoraba demasiado. Ni hablar. Raúl picó en pedacitos el tubérculo este y lo metí al microondas. Se coció, sí… lo mezclé con el aderezo de la receta y salió algo, digamos, decente… y algo quemado. Lo comimos, era una cosita de nada. Trauma (mío, mi esposo es omnívoro) superado. El olluco era parte de mi menú. Muy de a pocos fui avanzando con otras recetas, experimentando. Ya puedo decir que no solo sobrevivimos, sino que además saboreamos. Pero el cuento del tubérculo y del tormentoso inicio de mi relación con la cocina no acaba acá. Hay más…

Repitiendo, puedo decir que ya SABOREAMOS porque, la verdad, la mano no me daba para hacer algo verdaderamente rico, que no fuera puré de sobre (buenazo). No obstante, hace unos días, debido a que caí enferma, vino Tina a verme a la casa. Espantada quedó cuando encontró no solo la refrigeradora casi vacía, sino la bolsa de ollucos… ¡todavía llena! Dijo “ahorita soluciono esto” y, entre mi dolor y mis náuseas, me enseñó cómo prepararlo en forma de guiso. Además, hizo el arroz ¡con consistencia! (hasta ese día, me salía seco y medio quemado). Por supuesto, con mi ojo de loca que no se equivoca, observé todo. Es así que ya sé GUISAR papas, pollo; logro que el arroz quede graneado, y hasta me he animado a hacer arroz chaufa y lomo saltado.

No puedo decir que los días de la hamburguesa precocida se hayan acabado, porque siempre habrá nuevamente una Majo enferma, un Raúl con mucha hambre y una subida de precios horrorosa de la carne. Sin embargo, ya he conseguido que cierto día en la noche –momento en el que hacemos las “labores de la casa” – mi esposo dijera, emocionado: “¡Mi cari es la mejor”!… y yo me sienta con cara de comercial de Costeño graneadito.

El olluco, la cocina y yo

Un comentario en “El drama del olluco

  1. Os deseo que mantengáis SIEMPRE esta alegría que se nota en vuestros textos.
    Paloma y yo llevamos 40 años de felicidad (=fidelidad) compartida a los que hemos incorporado 10 hijos y, por ahora 16 nietos. Digo por ahora porque aún queda sin casar 4 hijos.
    Un abrazo,
    JF Calderero

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