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Sin Kleenex (o Elite)

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En la Clínica Internacional, Medicentro San Isidro, soy caserita. El único doctor que me mira con ojos de “¿cuándo me visitas?, ¡prácticamente soy el único al que relegas!” es el cardiólogo (felizmente). De los ojos, paso al estómago; del estómago, a los riñones; de los riñones, a la nariz, y así sucesivamente. Con esto, también, tuvo que casarse Raúl.

Ya de novios me acompañaba a mis consultas médicas, pero la parte del pastel que no se comía era la de “después”. Que alcánzame agua, por favor, amorcito; no puedo caminar bien, por favor, tiende la cama… Este chico nació para santo (y yo, para santificadora, je). Confieso que friego menos que antes, pero al fin y al cabo soy mujer y está en mi naturaleza.

En fin, en los 4 meses que llevamos de casados, él no ha pasado de un “¡ahh chíss!” y yo, he convertido nuestra casa en una farmacia. Sin embargo, todo pasa, como dice Santa Teresa de Jesús, y las pequeñas dolencias no han sido más que nuevas aventuras para los dos. “En la salud y en la enfermedad…”.

De lo que quiero hablar ahora, brevemente (son más de las doce, lo tengo a mi lado leyendo mientras espera a que termine de escribir) es de su admirable capacidad no solo para llevar mis tragicómicos dolores físicos, sino sobre todo los del corazón. Penas nunca faltan, y no se ahogan en alcohol porque saben nadar… con lo cual, no queda más remedio que recurrir a la almohada. La primera vez que ocurrió, él no se convirtió en mi almohada. Hizo algo mejor. Se echó a mi costado y no dijo nada. Solo me abrazó y me alcanzó Kleenex. Quizás porque no tenía nada que decir, o quizás porque entendía que únicamente me bastaba su compañía, que las lágrimas se acabarían pronto y solitas, sin mayor aspaviento. El tiempo transcurrió y dejé de llorar. Volteé y le dije: “¿quieres comer?”. Él sonrió y nos servimos la cena. 

Con esto, NO quiero restar valor a las palabras amables y consejos de mis amigas, y de él mismo. No obstante, jamás olvidaré la vez en que mi esposo adoptó la misma posición fetal que yo, en silencio, para que sintiera que incluso en el dolor éramos uno. Aunque él, sin Kleenex.

 

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