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Lava con potente cariño

Hoy cumplí 4 meses de embarazo. Mejor dicho, mi bebé cumplió 4 meses de vida (bueno, estimados según la doctora, yo creo que tengo como 6 porque la barriga me pesa como compra de mercado). Esteee, bueno, nos hemos salteado muchas matriaventuras para llegar a esto, como comprenderán, pero la vida ha cundido un poco en mí y recién, aunque no al cien por ciento de mis capacidades, puedo reaparecer casi por prescripción médica.

Aún no sabemos si será niño o niña, pero ya le llamamos Cristina. Y así será en lo sucesivo, hasta que se demuestre lo contrario. Y como seguro mucho de lo que hemos pasado en este corto pero intenso tiempo puede servirle a alguien para aprender algo nuevo, reír, llorar o simplemente pasar de largo, pues ya iremos llenando el espacio temporal siguiendo la memorable frase del P. Enrique Monasterio: “In laetitia, nulla dies sine linea”.

Por lo pronto, hoy volveremos a tocar el tema de la cocina. El embarazo trae consigo misterios insospechados -y, lamentablemente, también sospechados-. Tal parece que uno de ellos es la sazón sin libro. El famoso “¿Qué cocinaré hoy?” ya solo adorna mi cuasi vacío mueble de la sala. Ahora todo es creatividad e intuición. Claro, también ensayo-error, pero hasta ahora los resultados han sido positivos. En mi segunda etapa como cocinera aficionada, sigo invicta en el torneo. Eso sí, mi único comensal aparte de mí es mi marido, con lo cual no sé qué tanta objetividad pueda haber… solo puedo decir que el otro día, cuando tuvimos que comer en la calle y había Lomo Saltado de menú, empezó a comer y llenó mis ojos de lágrimas cuando dijo: “Me gusta más el tuyo”. Buah (de alegría).

Ah, y nos compramos al fin una lavadora y una secadora. Nos cambiamos de departamento y en este cabe todo perfectamente, así que, como dice Raúl, venga, a entrar en la faena. Su entrada en la faena no ha sido hoy del todo auspiciosa porque no encontró detergente -fui yo la que recordó el pequeño inconveniente, claro está, pero ya era muy tarde para salir a comprar uno-. Entonces le dije: “Mete la ropa blanca en la lavadora y mañana la lavamos, déjala ahí dentro para tenerla separada nomás”. Y lo hizo. Y lo que también hizo fue prender el aparato. Bah, hasta en las mejores familias lavan la ropa solo con agua. No caí en la cuenta hasta que oí el sonido de la secadora. Ya estaba hecho. No me atrevo a mirar el resultado de tan bizarra operación. Pero, teniendo en cuenta las ganas que le pone mi esposo a querer apoyar siempre en las labores de la casa, cuando me ponga mi chompa blanca imaginaré un olor a rosas, limón y puntitos azules. Lo prometo.

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