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Qué esperar cuando estás esperando

Vi el trailer. Una comedia sobre embarazadas un tanto superficial, pero me gustó la frase de una de mis actuales compañeras de panza (al menos en la película): “Pensé que tendría el brillo que decían las revistas… solo sé que no tengo control sobre mi cuerpo y mis emociones”. Y así es. Me dio risa pero luego me dieron ganas de llorar, porque eso es lo que soy y seré por 4 meses más -físicamente hablando y sin contar a mi hijita, claro está-: un amasijo de emociones encontradas y controlables hasta cierto punto porque, por encima de todo, tengo dignidad, je.

Con el único con el que pierdo la “dignidad” es con mi Raúl. A lo largo de estos difíciles casi 5 meses (no he vomitado, no me he desmayado y he trabajado de sol a sol, pero la procesión se lleva por dentro, ya saben), solo Dios y mi esposo conocen la revolución que el embarazo ha causado en mi vida.

Estoy tentada de contar la parte tragicómica con un gran “buah” -¿quién puede dormir decentemente si te despiertas a orinar 4 veces en una noche?-, pero me niego. Mi Cristina es demasiado claunesca como su madre como para osar referirme a su proceso de venida al mundo de manera negativa.

Resumiendo…

1) Cuando me hice el examen de orina para ver si estaba esperando bebé y solo vi una raya, dije: “Raúl, Raúl, ¿qué pasó? No puede ser, algo debo tener, no sale la raya, no sale nada, seguro estoy enferma”. Raúl: “El papel dice 15 segundos, cariño… han pasado 3”. Y vimos la segunda raya. Era solo cuestión de paciencia, je. Y una mujer embarazada, es todo menos paciente. Lo quiere todo ya, ya, buahhh, ¡yaaa!

2) Un buen día, empecé a sentir que me faltaba el aire. Y otro día, también. “Raúl, me muero, ¡me muerooo!”. “Cariño, no te vas a morir… ¿con qué quieres que te eche aire, con el periódico o con este folleto?”. Todo era cuestión de aire. Y una mujer embarazada, entre las emociones y el estómago a la altura del corazón, no lo tiene.

3) Cierta noche, no podía dormir. Me eché a llorar. “Cariño, cuéntame que te pasa”. “No, se lo estoy contando a Dios… pásame el papel higiénico”. “Bueno, pero deja que Él también te hable, escúchalo”. Y se durmió. Y al terminar mi conversación con Papá Dios, también me dormí. Es que una mujer embarazada necesita ser escuchada -espiritual y hormonalmente-. Siendo casi las 3 am, el esposo cede el “antojo” a quien mejor cumple esa función.

4) “Raúl, estoy gorda”. “Cariño, estás preciosa”. “No, estoy gorda, cachetona, no me entra nada, no tengo ropa, cómprame algo, me pesa todo, ¿estoy fea?”. Si tanto me lo creía y él ya me había dicho que no, ¿para qué se lo preguntaba? Una mujer embarazada, ante la progresiva falta de equilibrio -físico y emocional-, se vuelve insegura. El espejo puede ser el alegre testigo del acontecimiento… pero también una pesadilla, sobre todo en los primeros informes e inciertos meses.

5) “Amorcito, me provoca una pizza de por acá”. “Bien, pero no encuentro el teléfono del delivery”. Nunca lo encontramos. Tuvo que caminar hasta la pizzería y, tras encontrarla cerrada, buscar otra. Las embarazadas no perdonamos ninguna comida, menos aún cuando la batería de vitaminas que te recetan te convierten en un toro de lidia.

Iremos contando más. Queda claro que mi Raúl ya tiene el 50% del cielo ganado con nuestro primer embarazo. Y yo, como la primera mujer que manda al cielo a su marido. Seguro que muchas mujeres son más normales y no les pasa nada de esto, pero nosotros nunca fuimos comunes. ¿Qué esperar ahora que estoy esperando? Que hoy duerma tranquila, que no me den muchas ganas de orinar… y que mi Raúl me siga teniendo tanta amorosa paciencia como hasta ahora. Y que Cristina siga pateando un rato más porque, pese a todas las tonterías contadas, sentir que mi barriga es una academia de natación es espectacular. Como dicen mis cuasi paisanos de Piura… en esa “pensión” voy a seguir 🙂

Cristina y yo listas para cocinar, mientras papá Raúl toma la foto :D
Cristina y yo listas para cocinar, mientras papá Raúl toma la foto 😀

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