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El nombre de Cristina

Aunque parezca invento de madre emocionada, esta historia es real y tiene que ver con la fe, con la vida y con el portentoso derecho a elegir… desde el vientre materno.

María Fe, Fátima, Guadalupe… todos han pensado en nombres para nuestra hija, con mucho cariño y espíritu proactivo. Pero desde un principio Raúl y yo la llamamos “Cristina”. Luego me enteré de que significa “la que piensa” y “adepta a Cristo”, y me alegré. Pero el verdadero cuento sobre cómo llegamos a él es el siguiente.

Unos días antes de casarme, visité a Mariana, una de mis mejores amigas. Acababa de nacer su cuarto hijo y la mayor tenía 5 años… calculen ustedes el alborozo-destrozo-gozo de su hogar. Me contó que María José, mi ahijada y primogénita, le había dicho: “Mami, yo recé para que naciera Santiago -el niño menor-“. Ella había sido la responsable y ahora lo “confesaba”. Y no solo eso, estaba rezando por el quinto. Mariana, muy inteligentemente, acotó: “Mejor rezamos para que tu madrina tenga un bebé pronto”. Juas, me había lanzado a mí la pelota. “Me parece buena idea, pero ¿cómo se llamará?”, contestó la niña. María José rezaba con nombre propio, nada de generalidades. “Majo, ¡tienes que buscar un nombre pronto!”, me apuró Mariana. Llamé a Raúl. Eh, uhm, ajá… Cristina. Quedó Cristina. Desde entonces, mi ahijada no dejó de rezar para que su “manina” se convirtiera pronto en mamá. “Lo hago en la mañana, en el almuerzo, en la noche…”, me decía. Por eso, cuando se enteró de que estaba embarazada y que sería mujer, no se inmutó. Ya lo sabía. Ella se lo había pedido a Papá Dios y Él no le fallaba nunca.

Contagiados de la fe de María José, nosotros también lo supimos siempre. Un día, sin embargo, por un motivo especial, puse a mi hija en las manos de la Virgen de Guadalupe. Eso, para mí, implicaba un cambio de nombre. Cristina Guadalupe, Guadalupe Cristina o Guadalupe a secas. A Raúl -fiel a sus ideas- no le gustó y cierta noche, al no ponernos de acuerdo, decidimos tomar en cuenta la opinión… de la bebé en camino. 

– Cristina -dije yo, durante mi acostumbrada sesión de juegos con mi niña antes de dormir-. Si quieres “Cristina” solo, patea una vez. Si prefieres “Cristina Guadalupe”, dos veces. Si vas por “Guadalupe”, patea tres veces. 

Esperamos…

– Raúl, ¡ha pateado dos veces seguidas! 

– Todavía no ha pasado el tiempo prudencial.

Y al segundo, pateó una vez más. Tres.

– Entonces será Guadalupe, dije emocionada.

– La votación es inválida, ha pasado mucho tiempo. Cristina, si quieres invalidar todo, patea una vez más.

Y Cristina pateó una vez más. Y se quedó dormida.

¿Le hizo caso a su papá? ¿Es acaso tan aragonesamente terca como él? ¿Su ángel de la guarda quiso jugar también a la libertad de expresión y la democracia sin DNI? Nunca lo sabremos.

Y finalmente, ¿cómo se llamará? Pues Cristina. La voz del pueblo por nacer es la voz de Dios.

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