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Harlem Cristina y un nuevo comienzo

No soporto el viral ese que hace que la gente se sienta “libre y relajada”, solo por moverse como le da la gana cuando una voz cantinera grita “¡con los terroristas!”. Pero no puedo negar que, días antes de cumplir su contrato de vivienda en mi barriga, es más o menos lo que hace Cristina cada noche. Ya no hay respeto ni por su madre ni por su padre, cansado y con sueño… ella “sale” de marcha nomás, disfruta de sus días y no deja que la vida la viva mientras los dos, con una mezcla de resignación y alegría ante tanta vitalidad, solo observamos mi barriga moverse como duna de ruta Dakar.

Quizás por eso todos pensamos que se adelantaría. La venimos esperando desde hace más de dos semanas. La casita le estaba resultando pequeña, las contracciones preparatorias cada vez eran más y, sobre todo, ¡es hija mía! ¡Tenía que haber heredado mi apuro, mi ansiedad, mi histeria y mi aceleración master duster two! Y no, todo lo contrario. Es la perfecta muestra de que venimos al mundo por papá y mamá. Un ADN nuevo, dos de origen que, si se unen por verdadero amor, pueden dar lugar a una mezcla peligrosamente explosiva. 

En efecto, a Cristina le gusta el Harlem Shake. Pero también goza oyendo a Nirvana y Pearl Jam. Sabe escuchar. Y, a la vez, se impone cuando quiere manifestar su opinión. Como toda mujer, friega… como toda mujer, solo hace caso a su papá. Se desespera por que llegue la noche… pero es demasiado paciente para nacer. 

En estas últimas semanas, he oído de todo. Amigas, familiares, hasta las tías de la pelu, todas han tenido un consejo para mí, con buena intención claro está. Camina, toma sopa caliente, respira de afuera hacia dentro y del abdomen hacia la limpieza de los riñones psicoprofilácticos… he pasado desde los insufribles controles pre natales -las mamás entienden a qué me refiero- hasta la estimulación feng shui digitopuntural, pasando por largas caminatas diarias y el famoso aceite de bebé y el ají. Me he soplado largas discusiones sobre las ventajas y desventajas de la cesárea y cómo se me ocurre que no voy a dar de lactar, es algo dolorosísimo, ya verás, no dormirás, no la acostumbres a brazos, si quieres adelgazar préndete a la niña al pecho, parto vertical, horizontal, grita, pide la epidural, el doctor solo llegará al final, esto del seguro es una mier… Con el cuarto arregladito, sus cajones oliendo a talco de bebé y su maleta lista desde hace un mes, imaginarán que lo único que una mujer en mi condición puede sentir es… agobio. Sabes que solo te queda esperar, que Dios sabe cuándo debe ser el cumpleaños de la niña… que todo lo que hagas ayuda pero no es determinante. Sin embargo, te sientes responsable de que llegue el día en que puedas publicar en tu Facebook “anuntio vobis que habemus Cristinam”. Hasta hoy.

Llegué a mi enésimo control pre natal y le dije al doctor: “Estoy con depresión pre parto”. Sonrió y dijo: “No te adelantes, eso viene después”. Chismeó, como dice él, que “gorda, ya estás en 1.5 de dilatación”. Pero no te emociones, gorda, que todo tiene su proceso y Dios te hizo así, indolora pero lenteja. Mientras, Cristina hacía latir su corazón como un toro, casi cantando “es-toy-re-gia-ma-má-no-seas-lor-na-y-es-pe-ra”. Pucha. No me rendí. Me eché sobre la mesa de Foncho -apelativo de mi doctor- e hice mi tragicomedia. “Ya llegó la familia de mi esposo… el bautizo… Focho, ¡tengo miedo! ¡no vas a estar conmigo! ¿Por qué no me induces, ¡inyecta! Con su cara de “una loca más en mi curriculum”, dijo dos cosas que cambiaron mi actitud y me inyectaron, creo yo, la oxitocina que tanto le estaba pidiendo. “Gorda, yo estaré contigo lo más posible” y “estás haciendo tragedia donde no la hay”. Me despedí. Caminando sin rumbo fijo, empecé a recordar lo que me había contado una mujer que hizo la cola conmigo. “Mi útero está partido en dos y tuvieron que operarme en mis dos embarazos. El doctor es bien bueno, como estaba muy nerviosa me dio algo para dormirme. Parece duro, pero en el momento del sufrimiento, te sabe ayudar y consolar. Pasado el tiempo, tuve que operar a mi hijito del corazón, ahora está bien”. Miércoles. Yo quejándome por unos días más de dulce espera -se duerme buenazo en las tardes, para qué negarlo- y hay tantas mujeres que ven las de Caín para tener a sus peques. En lugar de dar gracias a Dios por haber hecho que todo el embarazo sea absolutamente normal, solo he reclamado que pase algo para que “miss ansiedad siglo XXI” tenga su día de parto fijo, a hora fija y con llegada a la casa asegurada en taxi satelital. No, no. Eso no es lo mío. Mi vida siempre ha sido una aventura, ¡este blog se llama Matriaventuras! La llegada de Cristina será digna de contarse. ¿Qué tendrá diseñado Dios? No lo sé. Solo sé que la Virgen no solo es muy Madre, sino muy divertida y que el “anuntio vobis” será muy al estilo Hidalgo Salazar… y al Harlem Cristina.

Te esperamos, hijita. Pero tu mamá ya no está estresada. Se pudre de miedo de la horrible sala de dilatación con las obstetrices cariñosamente feas, eso sí.. aunque eso no será nada contra la indescriptible felicidad de ver tus ojitos. No te apures, llega cuando tu ángel de la guarda diga “en sus marcas, lista, ¡ya!”. Será el mejor momento. 

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