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Y llegó… la dueña del swing

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“No te voy a ver la cara durante 24 horas, así que puja”. Pucha, ¡si estaba pujando! Entonces, ¿qué era pujar? Todo lo que había conocido durante este tiempo que llevo de vida acerca de la pujanza se puso en duda. Antes de terminar mi profundo discurrir, ya Cristina estaba en mi pecho. El doctor Foncho me había metido un apachurrón en la barriga para que mi pomponcita viera de una vez por todas el mundo. No aguantó vainas. Y yo no tuve lágrimas que contener -llegarían después, y masivamente- porque me quedé estupefacta al ver en carne y hueso a mi compañera de todo, mi hija. 

Ese día, viernes 19 de abril de 2013, Dios lo había diseñado todo perfecto, como siempre. Era fin de semana, una fecha simpaticona y la luz del día nos traía ilusión. Seis y media am, cierto líquido se derramó en mi cama. No sentí más que alegría al darme cuenta de que Papá Dios me había concedido que el parto comenzara con la fuente rota, pues así no tendría dudas de que era el momento de ir a la clínica, sin dolores ni presiones. Cuando llegué con Raúl, en emergencia se sorprendieron de mi tranquilidad. Más tarde, se sorprenderían nuevamente pero esta vez de los gritillos que lanzaba tras cada contracción. Claro, con inducción, quién no. Ah, bueno, “santa epidural”. Fuera de acá, no me hizo ni medio efecto -o echaron una gota de Gaseovet infantil en mi columna-. El dolor fue intenso. Más epidural. Más analgésicos. Un poco de somnífero, para que te relajes y se dispare tu dilatación. Hínchate, vena, que esta chica no para de decir “padre, padre -ante mi estampa de San Josemaría Escrivá-, ¡ya no puedo más!”. Por supuesto que podía, la bebé más linda del mundo debía nacer, y de mí dependía. En fin, en unas pocas horas Cristina pasó de la paz a la guerra, de su cómoda placenta -vacía, ya- a mi cuello uterino, bien recontra abajo, donde la cintura se convierte en cadera y la cadera en tubo de escape de piscina municipal.

Raúl ya no sabía cómo ayudarme. Le mordí el dedo. Apachurré a las obstetrices. Me porté como una niña, valgan verdades. Mientras mis compañeras de panza gritaban “¡¡¡carajooo, sáquenme al bebé!!!”, yo gemía y me despellejaba pidiéndole a mi esposo que “hiciera algo”. Todo debía seguir su curso y a mi cobardía se impuso su valentía para no separarse de mí. Gracias, mi cielo. Solos, nada; juntos, todo. 

Llegó el momento de llegar a dilatación 10. “Enfermera, déme la mano”, sollocé. Foncho, mi paciente ginecólogo que ese día tuvo que ponerse una coraza y sacar a mi niña sí o sí, dijo: “Nadie la ayude. Nadie le dé la mano. Ella es mujer y tiene que pujar”. Espera… estábamos en la sala de dilatación… ¿ahí iba a pujar? ¿eso no se hacía en la sala de parto? Obedecí. Apareció la cabeza de mi hijita… y él desapareció. “¡Focho, ¿adónde vas? quo vadisssss????”. A recibir a otro bebé. Qué hago, gorda, ¿las pongo una sobre otra? Ja, ja…  Mientras, mis chicas de Neonatología entraron en emoción. “Vistan al papá, pasémosla a la camilla para irnos, señora, ¡viene su niña!”. Yo seguía con mi pañal mojado, mi pelo hecho rulos -¡no dio tiempo de ir a la pelu para la foto, je!- y mis medias -había soñado con dar a luz con las medias puestas, no me las puedo quitar mientras estoy en una cama-. Pa` lante. Ran, raaaan… Llegamos. Luces, muchas luces. Oh no… ¡alguien me sacó las medias! La adrenalina pudo más que el dolor. Ya estaba ahí, el pelito de Cristina ya nos saludaba y era solo cuestión de minutos. Vi entrar a uno, a otro, a otro… ¡y a Tato! Tato es pediatra y conoce mis venturas y desventuras desde que tenía 5 años. “En 5 minutos tengo que atender a un paciente así que ¡puja! ¡tú puedes! ¡en esta sale, en esta!”. Cristina del Pilar Hidalgo Salazar empezó a llorar. Miré a Raúl. “Lo logramos, amorcito”. Sonaron los violines. “Raúl, ¡la cámaraaaa! Se apagaron los violines. Volví a ser yo, la pesadita apurante. Pusieron a mi peque sobre mi pecho. Lloraba. “¡Cristina!”. Se calló, me miró y luego volvió a llorar. En medio segundo, habíamos empezado a reconocernos. Un rato después, cuando salí rumbo a mi habitación de la clínica, me sentí como el Gladiador cuando vencía una batalla y se retiraba entre vítores. Toda mi familia me esperaba, mis suegros habían llegado de España, mi mamá había casi volado desde Ica para estar presente en el momento más esperado del año para los Hidalgo Morlans Salazar Silva. La inseparable Tina abrazó a Foncho. Un momento inolvidable, disfrutable y repetible. 

Desde que salí embarazada, Raúl y yo sentimos que todo lo vivido para consolidar nuestro amor se resumía en Cristina. Era el fruto, el símbolo y la hermosa realidad de un cariño que no encontró fronteras, que Dios dibujó con manos de artista y que ahora duerme mientras yo escribo, soñando con su próxima leche, que ya le toca dentro de 20 minutos. Te amo, Raúl. Te amo, hija. Gracias, familia. 

 

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