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Nuevos sabores de helado

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Dicen que cuando nace un bebé, también nacen un padre y una madre. Papá Raúl y mamá Majo nacieron el 19 de abril de 2013, con toda seguridad. Ni en el más surrealista de nuestros sueños hubiéramos conocido lo que significa tener un hijo. Bueno, ajustándome a la verdad, somos papás desde que concebimos a la ponponcita, pero los primeros meses son la pichanga preparatoria, el guiso tomando punto, el storyboard de la película más grandiosa de nuestras vidas, protagonizada por nosotros mismos, la familia ponpón. 

Imagino que el proceso de adaptación – aprendizaje turbo intensivo es diferente en el hombre y la mujer. No pretendo dedicar mi post a quitarle la chamba la tía Sordo, pero sí a compartir lo que he vivido en estas 4 primeras semanas de vida de mi segunda razón de vivir feliz, mi Cristina -la primera es mi Raúl, por si las dudas, je-.

1. Desde la sala de dilatación, tuve que olvidarme de mis sobrias pero elegantes, digo yo, uñas. Cuando la enfermera despintó mi reciente manicure hecha a la medida del inminente parto, presentí que llegaría lo peor. “Puedes arañar a la bebé, córtate las uñas chiquititas”, sentenció mi mamá. Adiós mundo cruel. Y mi anillo de compromiso, que por fin me quedaba, también fue condenado a su caja. Y mi pulsera grabada con la “C” de Cris. Odio mis manos, pero amo más a mi hija así que por ahora, las luzco con el orgullo de una escolar de primaria. 

2. Siempre, siempre dije que jamás, jamás diría “lávate las manos antes de cargar a la bebé”. Nunca escupas al cielo y nunca digas “nunca” (o “jamás”). Desde que nació mi hija, he adquirido el escrupuloso hábito de mantener las manos limpias, sin la mínima mancha, ni una pelusa hay en mi ser. El alcohol es mi fiel compañero y el agua hervida para los biberones, manantial que me trae paz.

3. Majo “lleno-mi-día-de-actividades-programadas-a-mi-gusto” murió. En estos primeros meses de mi peque (luego mejorará la cosa, asumo), ella manda. Si bien su leche ya es más o menos ordenada, su sueño, su pupu y sus ganas de ser zamaqueada no conocen hora, ni luz del día, ni necesidad de bañarse de su mamá. Por eso, cada sueñito de Cristina es un run, majo, run. Como el viento.

4. Cristina trajo a nuestra vida algo que casi había olvidado, sobre todo porque hace dos meses que no manejo el auto y no enciendo la radio: música. Inventadas, con o sin letra, de la más variada temática, mi arma letal para hacerla dormir y/o tranquilizarla son las canciones. Felizmente, ella no exige mucho así que lo que salga nomás, Majo, con tal de que te muevas y digas medio armoniosamente la-la, basta. 

5. Alguna vez me dijeron que una vez convertida en madre, no volvería a dormir ni cuando estuviera muerta, pues mis hijos me visitarían en el cementerio para pedirme cosas. Ja, ja… pues sí, es totalmente cierto. Más aún cuando la niña en cuestión tiene una energía que desborda y supera a mi otrora capacidad de estar despierta de madrugada (y de día). 

En fin, que la vida cambió. Externamente, estoy agotada. Muerta. Dead. Internamente, tengo el corazón repleto. Dios nos confió a Cristina y verla crecer y descubrir algo nuevo cada día, con la carita de quien conoce un sabor de helado distinto cada vez, me regala la  alegría que trato de devolverle cada madrugada cuando le saco el chanchito cantando “mocita, dame un clavel”. 

0 comentarios en “Nuevos sabores de helado

  1. Majo, me encantó tu entrada sobre la tribu de las mamis. Es un honor pertenecer a ella. Seguiremos compartiendo la feliz hora del almuerzo y nuestras vivencias, así de paso, te inspiramos en una tarea tan reconfortante como esta.

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