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Un papa muy esposo

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Padre no es madre. Verdad de Perogrullo que a veces olvidamos. “¿Cómo es posible que no te hayas dado cuenta de la mancha de leche que hay en su vestidito blanco?”. “¿Por qué no le cantas en do agudo canciones de Parchis a tu hija?”. “¡Deberías reaccionar rápidamente cuando la bebé empieza a llorar!”. Cómo fregamos las mamás, en lugar de darle a nuestros maridos la posibilidad de ser esplendorosamente papás, y no madres suplentes.

Mi Raúl tarda en despertar cuando Cristina suelta el llanto en busca de su leche. Yo no. Pero cuando doy el bibe, me quedo dormida… y él, ya con los sentidos despejados, rescata la botellita antes de que se caiga y resultamos ser dos los que alimentamos a nuestra Cristina: una con los brazos y el otro, con las manos, con los ojos, con el corazón.

Mi Raúl, además, es el “portatodo” de Cristina. ¿Quién se lleva el pañal sucio? Él. ¿Quien hierve los biberones? Él. ¿Quién trae el agua para su baño, los fines de semana? Ya saben la respuesta. Me deja cumplir mi rol y vive con intensidad el suyo. A veces siente que lo juzgan por no comerse los cachetes de su hija, por dormirse en cada esquina, por no lavarse las manos ni bien llega a casa. 

Sin embargo, eso no lo agobia. Como dice la canción “nadie nunca comprenderá cuánto te quise”, solo su pequeña Cristina. La niña chiquitita, de casi dos meses, que lo devora con la mirada, que levanta su puñito cuando le canta el himno del Barcelona y le coge el dedo con la fuerza de un “no te vayas, papá”.

Es maravilloso ser madre cuando tu compañero de aventuras es un gran padre. Siempre oí que la relación de esposos se pone a prueba cuando llegan los hijos, y es realmente cierto. Es rara la madrugada en la cual no discutimos, porque la leche no llegó a la temperatura adecuada o la niña lloró un minuto más. Pero al volver a la cama, muertos de todo, su ronquido me hace lanzar un acto de contrición. Raúl no solo me ha hecho mamá, sino que se las ha ingeniado para no quitarme mi lugar de reina de su vida, de su mujer, de su primera razón en la vida luego de Dios… de su cariño requecheche que no está gorda ni más histérica de lo normal.

Cristina, tienes un gran papá. Majo, tienes un gran esposo. Tengo a mi derecha a mi gordita despatarrada, y a mi izquierda, a mi esposo roncando. ¿Le puedo pedir algo más a Dios? Sí, que nunca me los quite. Que siga encontrando baberos entre mi ropa y reciba llamadas que solo quieren oír cómo estoy.

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