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La princesa de los globos

Carl Fredricksen vendía globos. Toda la feliz vida que llevó junto a su amada Ellie, e incluso después, cuando quiso cumplir el sueño de su esposa de tener una casa en Cataratas del Paraíso, los globos estuvieron presentes -lo transportaron hasta ese maravilloso paraje en, ¡oh casualidad!, Sudamérica-.

Pero esta no es la pepa de la película. En este video, que creo muchos han visto, se resume por qué es tan lacrimógena -y tan espectacular, a decir verdad-.

Pensé, como quien aún no ha descubierto que la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ¡ay Dios!, que lo único que nos unirían a los Hidalgo Salazar y a “Up” iba a ser la canción principal del soundtrack, esa que todos quienes hemos visto la peli llevamos en los oídos y en el alma. Esto porque fue la que bailamos Raúl y yo luego de casarnos -no mencionaré el parecido físico con los personajes para no quitarle el feeling al recuerdo, je. Pero no. Algo más tendríamos en común, algo más traería a Mr. Fredricksen nuevamente a nuestras vidas: el irremediable gusto y adoración que siente mi Cristina por los globos. 

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No sé cuándo ni cómo empezó este amor, quizás cuando cumplió un mes y su madrina le regaló un pequeño globo de Hello Kitty, con un agarrador lleno de caramelitos. Primero, el sonido de la maraca-globo removida por su papá, y luego los brillantes colores de todos los que fue encontrando -¿quién diría que mi mamá tendría tantos?- la engatuzaron. Ahora, cuando tenemos unos soles de sobra en el bolsillo, no pensamos en una sonaja y menos aún en golosinas para llevarle a nuestra peque… pensamos en globos. 

Contra todo pronóstico, el que más le gusta es uno bien colorinche que dice “Happy Birthday”. Yo pensé que fijaría más su mirada en uno con colores más homogéneos, pero no. Hoy, al llegar a casa, ingenuamente la quise alegrar con el reciente “¡Me haces feliz!” fucsia, pero ella bajó la mirada hacia su happy birthday, que estaba en el piso. 

En fin, mi Cristina tiene de esas cositas que la hacen muy divertida… y que nos recuerdan que lo cotidiano, lo simple, incluso lo descartable, es capaz de llenarte el corazón cuando recuerdas lo grandioso que es tener alma de niño. 

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