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Compañeros de miles de cosas, y mil cosas para recordar

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No sé si les ha pasado, pero a mí me sucede que los caminos se me hacen más cortos, llevaderos e incluso placenteros cuando tengo una buena compañía al lado. Converso, me río, converso, me río, escucho, converso, y así sucesivamente… Quizás lo más importante –más que mi esfuerzo por dejar hablar al otro– es que comparto algo de mí, de lo que siento, de lo que pienso. Me comunico mejor mientras camino. Tal vez a mi acompañante no le resulte tan graciosa mi terapia, pero al menos sonreirá con las babosadas que suelo soltar.

Mi gran compañero, como han de suponer, es mi Raúl. Cierto día, cuando por culpa de Pacífico Seguros me quedé sin auto más de una semana, fuimos a hacer una compra vía combi asesina. Era domingo, la pereza cundía pero Cristina necesitaba un protector para su cuna y sus papás se habían puesto en marcha a por ello. En cierto momento, Raúl me dijo: “Aunque haya sido solo un viaje en combi, la he pasado muy bien, he salido de la rutina y hemos tenido una aventura más”. Contesté que también lo había disfrutado, pero la verdadera destapada de mandíbula ocurrió luego. 

Durante el regreso, me dijo despacio: “Sacaré solo 2.5 soles –el pasaje los domingos cuesta el doble, o sea, 3 soles por los dos- porque los cobradores a veces aceptan menos de lo que les das. Si me pide más, le doy, pero intentemos pagar menos”. Observé, un tanto atónita, cómo mi marido, español de raíces aragonesas, había aprendido el arte de regatear. Cuando bajamos, se me bloquearon los pulmones de tanta risa. Tendrían que haber visto a Raúl, con su pinta de Clark Kent, hacer la criollada más elegante, contundente y segura que he visto en mi vida.

Así es mi Raúl. Sabe hacerme los caminos, espectaculares. Sabe andar junto a mí, sabe hacer dieta conmigo, sabe leerme cuando estoy cansada y sabe picar la cebolla para que yo no llore. Siempre fue así, así nos enamoramos y no cambiaríamos nuestro gran talento de ser compañeros de ruta por ningún plato de lentejas.

Mi nueva compañerita, con sus 4 talentosos meses, es Cristina. En las madrugadas casi mañanas de los fines de semana, cuando ella ya quiere empezar el ¿día? y yo necesito dormir más, la acuesto a mi costado y como si entendiera mi súplica de “un ratito más, Titi”, me mira y pone su comestible cachete sobre mi almohada para hacer una siestita a mi lado. Por las tardes, se trepa a mi pecho y camina conmigo rumbo a la misa de 6 pm, silenciosa y fiel oyente de mis canturreos. Antes de ir a la oficina, observa meticulosamente cada paso de mi sesión de maquillaje –no quiero ni pensar lo que hará cuando sepa abrir las tapitas–.

Hemos pasado juntas desde el trabajoso embarazo y parto hasta el frío de diez cuadras miraflorinas en coche, con la cabeza envuelta como beatita, pasando por un horroroso trámite en la Reniec y la tomada de biberón en la mitad de un pasillo de Polvos Rosados. Mejor, imposible.

Definitivamente, tengo los mejores compañeros de ruta… y de mil cosas para recordar. 

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