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De KFC a la Bioferia

Todos tenemos momentos de lucidez en la vida. Respecto a la alimentación de mi familia, yo he tenido pocos, quizás lucecitas de linterna que me han movido a hacer algo respetable, pero insuficiente.

Si de por sí la alimentación de un hijo es de interés nacional para uno, imagínense tener que ocuparse también de la del esposo. Mi marido adoptó el oficio de fakir (al menos en el desayuno) en cierto momento y claro, compensa el vacío existencial con Coca Cola al mediodía. Y yo, pues todo lo que sea llenar el buche lo considero “bueno”.

Como uno de mis lemas vitales es “todo es para bien”, hoy ocurrió uno de esos “bien”. Resulta que ayer Cristina amaneció con mucha tos. Durante el día se fue empeorando la cosa, con una tos más persistente y mocos por litros. Le di el jarabe que me recetó el pediatra, su “pish pish” (un spray descongestionante de nariz), Panadol infantil y a esperar, los procesos gripales son así.

En la noche, fui a dictar el taller de maquillaje a La Casa de la Tata y mientras caminaba hacia allá, chateé un poco con Cata, de Añañau Niños. Me contó que Virginia, de Mamá de Mente Verde (mejor hubiéramos hecho una llamada tripartita bloguera, ¿no? jaja) había intentado todo con su peque para que se mantuviera sana (la prevención es el éxito) y finalmente repitió su fórmula: propóleo con miel.

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En ese momento vi la luz, que ya no era de linterna sino de quirófano: tenía que ser más hija de madre natura, mucha chatarra había dejado entrar en casa.

Coincidentemente, el viernes estuvimos disertando con una amiga acerca de las malas noches, de las leches, del DHA… y me sorprendió que me dijera: Yo le doy Nido Crecimiento en polvo, que no tiene DHA, y el DHA se lo doy a través del aceite Primor. Pasu. Jamás se hubiera ocurrido hacer esos cálculos (ni fijarme en los componentes de la leche).

Hoy, domingo, me fui a la Bioferia del mercado de Surquillo. Como nunca antes (siempre consideré que todo era muy caro, allí y en Reducto), me sentí en el paraíso. Sentí que el tiempo y el dinero estaban siendo bien empleados. Y para broche de oro, me encontré en un stand de yogurt natural a un chico que fue mi alumno cuando estuvo en la universidad, el cual me contó cuál le daba a su bebé en lugar de fórmula porque era altamente nutritivo.

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Confieso que quizás nunca deje las hamburguesas o el pollito del señor bigotón. Pero ha sido, creo, un gran comienzo para un estilo de vida donde se come con la boca… y con la cabeza.

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