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¿Tu envidia es mi progreso?

Dice Meg Meeker, autora del libro “Los 10 hábitos de las madres felices” (total y absolutamente recomendable para una materno-autoestima sana, ¡créanme!), lo siguiente: “Todas las madres competimos de alguna manera con otras madres. La mayor dificultad del juego estriba en que normalmente lo disimulamos y lo ocultamos. Y la mayoría nunca admitiríamos que participamos en él. Pero, si realmente queremos llevar una vida sana, más feliz, tenemos que darnos cuenta del problema y actuar”.

Lo que me enganchó desde un comienzo a esta autora es que en sus libros, logra poner el dedo en la llaga. Como dice, en lo que ocultamos pero que realmente existe, está ahí y debemos exterminar.

El espíritu competitivo. Qué bueno es a veces… y qué malo otras.

En cuestiones de paternidad, todo comienza con la tarjeta de nacimiento, esa que pegan en la cunita de plástico donde está el bebé en la clínica u hospital. 3.5 kilos, 50 cm, apgar 9/9… uy, nació gordito… uy nació flaquito. Mi hijo tuvo un mejor apgar… y 50 cm es mucho, o 50 cm es poco. Mi hijo nació con… y míralo qué sano es. Ay, esta chica que no se supo alimentar…

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No contentos con ello, doña envidia y don comparación se hacen presentes en otros hitos de la vida: el gateo, el caminar, el hablar… el mío habló al año, este niño es muy flácido para gatear, felizmente mi bebé caminó antes de los 11 meses…

Y para agravar más la cosa, entra en escena el perímetro abdominal. Ella se quedó flaca… seguro se hizo la lipo… claro, si el marido tiene plata, puede pagar el nutricionista que quiera…

Internet nos da todo el espacio del mundo para seguir, pero seamos sanos y paremos acá. Vayamos a la raíz: ¿Por qué? Cada uno que se analice, pero suele haber un factor común: la inseguridad.

¿Hay razón para estar inseguros de nuestra maternidad, paternidad… de nuestro valor como personas más allá del perímetro abdominal? Pareciera que no. Si hemos recibido el gran don de tener hijos, por algo es. No estoy tan de acuerdo con eso de “seguir los instintos”, porque también es importante usar la inteligencia, que no la tenemos de adorno. Pero normalmente tenemos ese “algo” que nos da la fuerza para abandonar los egoísmos y darle lo mejor a nuestros hijos. O sea, ser buenos padres y hacer a los peques felices.

Mientras tus hijos sonrían, deja de compararte y sé feliz. Paremos de rajar… ejem, de sufrir.

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