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Te espero, Jesucito

Ayer leí en la Revista Viú, de El Comercio, la columna de Lorena Salmón. Es la única que leo, la verdad, el resto me parecen aburridas y esta chica es, además de amena, una de las fashion bloggers más amenas. Hablaba sobre los regalos de Navidad, y de lo “positivo” que resulta el hecho de que cada vez empiece más rápido la consumistísima campaña, ya que uno puede adelantarse con los detalles que se quiere regalar a los familiares y amigos, huyendo así del bulloso diciembre.

Es cierto. Justo en el mes en que celebramos el nacimiento del Niño Dios, en las calles solo hay tráfico y gritos; en los barrios, competencias por quién tiene más luces y papa noeles gigantes, y en el 99.9% de las tiendas, el mensaje de que “la Navidad es de los niños” nos lo meten hasta por los huecos de la nariz (para vender a mansalva Barbies con dientes de vampiro y a Gizmo que habla y come).

Me siento un toque Grinch al escribir esto pero es que me da pena. Obviamente, los regalos emocionan, pero (al menos los que tenemos fe) creo que deberíamos ahondar un poquito y luego pasar a lo material (tampoco soy tan aburrida, pues, je).

Ante el tremendo acto de encarnarse en la pancita de la Virgen María, celebramos. Nos llenamos de alegría y, para imitar ese acto de amor, damos amor a los que nos rodean: ayuda social, ambiente grato en casa (que incluye los adornos, aunque no extiendo la necesidad de renovarlos cada año :s ) y detalles de cariño espiritual y material -aquí entran los regalitos :D-. Pero para dar mejor todo ese amor, tenemos que entender el fondo del asunto, no ser máquinas de compra-envuelve-regala porque “es lo que toca”.

San José papá

Este año me propuse cambiar las cosas, al menos en “mi mundo”. No quiero que ni mi esposo ni mi peque trajinen, corran, se aburran con el calor de estar dentro del carro mientras salimos a buscar una cosa y otra. Por eso, esta semana termino con lo poco que hemos planificado hacer (billetera cortita este año). El otro día, aproveché eso del Black Friday y en Nómada, cubrí los regalos para mi familia de sangre. Faltan algunos más, ya casi nada. La cena verá la luz esta semana y listo. A mirar el mar en la noches (¡qué rica brisa!), a ordenar la casa y lavar la ropa de verano.

Este diciembre, Niño Jesucito, te esperaré en casita. Que la fuerza me acompañe para lograrlo.

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