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La hora de mamá búho

En noches como esta, amo el insomnio. Me permite ser yo. No, no es que tenga complejo de búho, es que soy una creadora por naturaleza. Mi mente vuela, se mueve más rápido que choro del Centro de Lima y necesito darle posada en alguna aplicación de mi Mac. Por supuesto, todas esas fumadas responden a objetivos estratégicos de tipo fundamental: la invitación para el cumple de Cris -no sé si soy poco práctica o más bien idiota, pero me niego a comprar unas hechas que huelen a librería-, un afiche para la Capellanía de la Universidad -¡cómo disfruto decorando ese corcho!-, mi libro que ¡no terminooo! y los freelos que, gracias a Dios, como cancha van saliendo. Lentes ¿Por qué en la madrugada, mamacita? Porque cuando vuelvo de la chamba, mis ocupaciones se llaman Raúl y Cristina. Mis tesoros son prioridad. ¿Y no necesitas dormir, hija? Claro, como cualquier ser que pobla la Tierra. Pero 1) soy adrenalínica y salvo que esté en calidad de arcilla antes de que Diosito le pusiera el alma, las cosas las tengo que ir cerrando ya, ya, ya; 2) hay temas que, objetivamente, necesitan solución pronta y 3) la madrugada es mágica. Nadie me apura, no hay hora de salida ni de entrada, no tengo que salir corriendo a recoger a mi Cris o a cocinar la cena.

Obviamente, unas horitas hay que dormir. Sin embargo, no me agobia si son la 1, las 2, las 3 am. Igual me voy a quedar dormida sobre el teclado al día siguiente. Simplemente, puedo ser. Y respiro. Y creo. Y encuentro. Y observo. Y cuando me da sueño, me voy.

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