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Mi bebé ha crecido, buah

 

Es un poco estúpido lo que voy a escribir, pero quizás a más de una le ha pasado: ese momento en el cual te das cuenta de que tu bebé ya no es un bebé, de que se maneja solo, toma sus decisiones, elige a sus amigos, pide “por favor” y baila a su total y reverendo aire.

Hoy en la noche, Cristina me pidió su cena, su botella de agua de Minnie –que en realidad es mía, je– y su babero. Se le ha dado por tomar con cucharita, en un platito hondo, un poco de jugo, y en el otro, su comida. Se sienta frente a la mesa de centro de la sala –que es la que le calza mejor– y empieza su ritual, aunque casi siempre tengo yo que regresarla cuando se distrae y se va. Hoy, sin embargo, no exigió mi presencia cerca y, mientras preparaba el Arroz a la Cubana, la vi comer como una niña grande, segura e independiente.

Por un lado, sentí orgullo y alivio, porque eso de que anda inapetente me vuelve loca. Pero por otro… ¡mi bebéee! La vi tan seriecita, tan formal, tan ¿educada? Salta la lágrima de emoción porque algo bueno estamos haciendo, y de pena porque mi piojita ya es una niñita grande, fuerte y mayor. Buah.

Eso sí, soy bien consciente de que aunque presente tesis doctorales, siempre me va a necesitar para rascarle la cabecita o decirle que es la gordita más rica del mundo. Y yo, en mi ancianitud, seguiré sintiendo su olor a leche y metiendo mi dedo en el huequito del centro de sus bucles, mientras doy gracias a Dios por permitirme ser mamá.

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