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¡Y llegó el segundo!

test de orina

Hace poco, creo que en mayo, escribí sobre la pena que sentía al no llegar mi segundo bebé. Moría de ganas por que viniera ya, sobre todo por mi Cris: ella realmente necesita un hermano. Es una pioja con tanta energía, con tanto espíritu, con tanta alegría y sensibilidad en su pequeño interior, que es imposible pensarla sin un compañero de chilingui.

Y aquí estoy, otra vez, hecha un entresijo de sentimientos; estoy -todo al mismo tiempo-: feliz, asustada, ansiosa, somnolienta, gasífera, ilusionada, segura, insegura, llorosa, risueña, eufórica… y llena de amor.

No pensé que fuera a llegar tan solo unos días después del aquel pacto que hice con un santo, don Álvaro del Portillo, para que le jalara el vestido a la Virgencita y le dijera: “Ya pues, no hay primera sin segunda. Suelta ya al nuevo angelito Hidalgo”. Los días previos a enterarme, tal como ocurrió con Cristina, empezaron los síntomas resumidos en sueño y gases, gases y sueño. No quería ilusionarme, no, no y no. Diosito sabía más y llegaría en el momento justo. Ya ni me acordaba cuándo era el momento indicado para hacerme el test de orina y, de pronto, me vi de nuevo mirando páginas para embarazadas. Una noche, cayó una cosilla marrón. “Ya fue, me vino. Buah”. Al día siguiente, la cosilla no apareció, y tampoco el día después. ¿Sería cierto? Hice la pilita cuando calculé que no podría haber falso negativo y oh, oh, oh… ¡panza llena!

Ya van 7 semanas y cada día es más agotador que el anterior. No estoy diciendo, claro, que me arrepienta o algo por el estilo, ¡jamás!, pero la verdad es que trabajar, atender la casa y a Raúl y a Cristina no le alcanzan a mi cuerpito. Peco de exagerada si pienso en una de mis mejores amigas que tiene 11 hijos, sin embargo, a cada uno lo suyo: ella es una santa; yo, aún no.

Cuando eres primeriza, puedes despanzurrarte y pedir pizza. Que se caiga el mundo y espere si quiere. Con una pioja de 2 años… tienes que cocinar, lavar, hacer la tarea del nido y esconder las hormonas debajo de la almohadaaaaa, buahhh… Respira, aguanta un segundo y respira.

Más encima: no tengo panza pero la ropa ya no me queda. O sea, casi me provoca ponerme un cartel que diga: “Estoy embarazada, ya deja de preguntarte en qué momento me engordé así y por qué uso esta blusa suelta”. Jum.

Con todo y bajo riesgo de parecer loca, puedo decir que es maravilloso sentir que se te caen los ojos de sueño o las lágrimas de más, porque resbalan sobre tu cachete suavecito gracias a la progesterona y son el mejor santo y seña de que eres una luz andante, de que eres (o vuelves a ser) mamá en camino.

 

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