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Descubrimientos de vacaciones

Hace unos días, escribí que el inicio de mis vacaciones estaban siendo casi un paraíso terrenal (ver post aquí. Ya pasó casí una semana y no he cambiado de parecer, pero el feeling es distinto: no pienso tanto en la diversión que supone, sino en el aprendizaje y descubrimiento de muchas cosas que pasan mientras estoy en el trabajo.

No, no es el fin comenzar con los lamentos: por qué tengo que trabajar fuera de casa, quisiera ser madre a tiempo completo, etcétera, etcétera. Me queda claro que cada uno juega con las cartas que tiene entre manos, en cuanto a lugar, tiempo y circunstancias, y que todo esto supone una oportunidad, más que un castigo.

Quisiera contarles lo que he descubierto estos días:

1. Que mi hija me imita en TODO.

2. Que Cristina lleva mucho tiempo observándome sin que me haya dado cuenta de ello plenamente. (Nota del editor, es decir, yo: Cuando se tienen 2 años, “mucho tiempo” implica haber empezado desde bebecita. O sea, 1: Mientras gateaba y decía agú, ya me miraba. O sea, 2: Espero que cuando vaya por la calle con su carrito y se le cruce un niño en scooter, no le grite: “Oye, ¡baaabosooo!”).

bebé observa a mamá

3. Que el dolor de educar -sí, el dolor, porque corregir viendo los ojitos llorosos de tu peque es horroroso- tiene su recompensa cuando ves que tu hijo no solo aprende, sino entiende que si mamá o papá lo dicen, es lo mejor.

4. Que el trabajo en la casa es más agotador que el de fuera de ella, sobre todo cuando no solo tienes que hacer, sino pensar. Dicen que el hogar se mueve al ritmo del pañuelo de la mamá, y me pregunto: ¿Qué pasa cuando mamá quiere soltar el pañuelito unos momentos para tomar agua y descansar?

5. Que uno no tiene por qué cargarse todo el trabajo de la casa, cuando los niños pueden y deben tener encargos. Eso no solo los hace sentirse útiles, hábiles, sino felices de tener un rol en la familia.

6. Que, aunque cueste, hay que luchar contra el vértigo, el apuro, la competitividad y la desesperación. Cada niño tiene su propio tiempo, sus necesidades y su forma de encarar la vida. Hay que educar, sí, pero también respetar la libertad.

7. Mi hija me imita pero no soy yo. Ella tiene su propio estilo y espera que le ponga límites… también que la acompañe en su crecimiento, sin juzgarla.

8. Que los niños valoran -y mucho- cada palabra de agradecimiento, cada gesto de confianza y cada sacrificio que hacemos por ellos. Lo esencial es invisible a los ojos, dijo El Principito, pero recuerden que ellos ven más allá de lo evidente.

9. Que, como padres, siempre estaremos en el banquillo de los acusados. Si no son los parientes, son los hijos, o el nido, o el colegio… siempre seremos cuestionados y, finamente, siempre seremos unos burros. Eso duele, más aún cuando eres una embarazada llorona, y más vale recordar para quién chambea uno: para Dios, para el marido/la esposa y los hijos… no para la hinchada.

Son unas simples reflexiones madrugadoras que, mientras me tomo mi mate relajante y espero a que la tormenta interna pase, me permito compartir con ustedes. Muack!

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