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Ceder nunca, conceder a veces, rendirse jamás

Hace poco les conté cuánto me afectaba que Cristina ya no quisiera dormir en su cama. Me abrumaba el temor de estar haciendo mal las cosas, de crearle un mal hábito, de estar fomentando un apego poco sano, en fin, temor de todo.

Gabriel Castellá, el investigador en vínculo materno-filial que dictó la conferencia a la cual las invité hace unos meses, me ayudó a ver que criar con miedo era lo peor que podía hacer. El miedo paraliza -nunca se olviden de eso, plis- y limita. El amor, en cambio, ofrece libertad y paz.

Y así, sin ceder la decisión familiar de que mi pequeña durmiera en su cama -y en la mía solo cuando fuera necesario, tampoco se trata de ser extremista-, me concedí -sí, a mí- tiempo y espacio para trabajar el tema.

Cristina todavía me pide ir a mi cama de vez en cuando, pero ya su fijación desapareció. Creo, intuitivamente, que ella quiere que me relaje. Que ella tiene su cachito de ansiedad heredado de su insegura madre y servidora, y necesita que le dé paz cuando su corazoncito se llena de turbulencia.

Eso no quita -aquí viene la “mala” noticia- que le ponga límites, porque los necesita, los valora y la harán feliz, ya que le permitirán saber si los pasos que está dando son correctos o incorrectos.

Ya saben: ceder nunca, conceder a veces, rendirse jamás.

mujer valiente

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