Ser mamá de bebé prematuro

Uno de mis grandes temores, desde que me convertí en mamá, ha sido que un hijo mío tenga que estar en una incubadora. El sonido de las máquinas, el piiii, piiii que se puede alterar en cualquier momento, los tubos, las vías intravenosas. Con Cristina no soporto ni que se resfríe. Definitivamente y aunque suene paradójico, esta prueba que me ha tocado vivir ha sido como una bomba de vitaminas: lo que no engorda, te fortalece.

bebe prematuro

El 29 de diciembre pasado, con 36 semanas de gestación, sentí contracciones. Por algún motivo de la naturaleza no las reconocí y pensé que eran gases. Sangré un poco y me angustié. Mi doctor dijo que me reposara. La cosa fue mejorando pero ese bendito cólico repentino no dejaba de aparecer de rato en rato. “Cuenta el tiempo entre una y otra contracción”, me dijo una amiga. Era tan difícil creer que ya fuera a dar a luz, no, no, mi bebé no estaba listo. No estaba listo nada: ni el cuarto, ni la casa, ni su ropa, nada. Haría lo que fuera por aguantarlo un tiempito más, Rafael, por favor, no nazcas ahora. Estás muy pequeño, aunque todos digan que no. Virgencita, protégenos como lo has hecho durante todo el embarazo, por favor.

Raúl, Cristina y yo nos quedamos a dormir en la casa de mi mamá –su sexto sentido olió a parto cercano-. No, qué va, qué iba a pasar. La señora prudencia, sin embargo, venció y me quedé. Y a las 2 am, con casi 8 de dilatación, una ambulancia me llevó a la clínica. A las 4:47 am, previa anestesia apurada que no quería hacer efecto y mis gritos oyéndose en la esquina –bueno, confieso que las famosas respiraciones de las clases de psicoprofilaxis sirvieron de algo–, nació mi Rafael de parto natural con 1.690 kg. Un cachito de gente. Precioso, riquísimo, pero chiquito, muy chiquito. Pude sostenerlo en brazos un ratito, y luego se lo llevaron a UCI neonatal.

Mi ginecólogo, muy tranquilo, me dijo que pasaría unos días en la clínica porque tenía que regular su respiración y bla bla. Pucha. El pediatra fue más dramático y ahí comenzó mi Via Crucis en el piso 5 de la clínica.

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Madres que han tenido bebés prematuros: Reciban toda mi admiración. Sé, ahora lo sé, que tuvieron que olvidarse de su postparto; que luego de parir se bañaron, se pusieron el pañal y empezaron a empacharse de agua para estimular la salida de leche que debían enviar a su bebé vía enfermera insensible. Que volvieron a su casa mirando con pena la puerta de la sala de Neonatal, imaginando el momento en el que su bebé también saldría de ahí.

He saboreado, como ustedes, lo agridulce de saber que acabas de dar a luz al bebé más bello del mundo, y que lo único que te llevas en brazos es un ramo de flores.

El pequeño ser que se quedó internado 8 días más construyó en mi corazón un muro hecho de fe, fe de que todo saldría bien y sería cuestión de tiempo y paciencia. Cuando los doctores solo dicen la palabra comodín “estable” sin asegurar éxito o fracaso, la incertidumbre se vuelve una gran enemiga del optimismo. Por eso me aferré a mi fe en Papá Dios, y mi bebé está ya a mi lado pidiendo leche y cambio de pañal.

 

Una respuesta a “Ser mamá de bebé prematuro”

  1. Hola Majo..Antes que todo, felicidades por el pequeño Rafael!! Como madre, imagino los momentos de angustia, pero me alegro que tu príncipe ya esté entre tus brazos. Un nuevo pequeñín en la familia para alegrar y “complicar” deliciosamente tu vida, ;)… Muchas bendiciones para ustedes.

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