El calostro: gotitas de amor

A las pocas horas de haber dado a luz a mi chiquitín Rafael -ya les conté que nació prematuro y con bajo peso-, no había ni empezado a asimilar que YA había dado a luz, que YA se habían terminado los agotadores dulces días del embarazo, cuando apareció el doctor y me dijo que necesitaban llevarle a mi bebé una ingente cantidad de mi leche.

What??? Cómo pretendían… Doctor, llegué en ambulancia con 1 calzón y una bolsa de pañales postparto y el extractor que me gané en un sorteo está refundido en algún closet. ¿Cómo haríamos??? “Señora, tome agüita cada media hora”. Se, se, agüita, ¡si lo que necesito es succión en vivo y en directo! Rafito, por supuesto, no estaba en condiciones de acercarse a estimular. Socorro.

Debo confesar que con Cristina, mi peque de 2 años, el tema de la lactancia fue estresante, una experiencia olvidable. Y cuando me enteré de que estaba embarazada de Rafo, decidí relajarme y llevar mi lata de Enfamil a la clínica para que las enfermeras no me estuvieran presionando con la misma cantaleta: apriétese, ponga así, la posición es esta, que los 4 dedos debajo, que la espalda pegada al sillón, etcétera y etcétera. Demasiada presión para mí, además, seguro que igual en algún momento me prohibirían dar de lactar por las pastillas que tomo como parte de un tratamiento.

Sin embargo, un poco de ilusión me trajo el sol de diciembre cuando la pediatra de Cristina me dijo que no habría problema con amamantar, y que todo era cuestión de relajarse. ¿Podría, yo, Majo Salazar, dar leche a mi bebé? Guau. ¡Tendría que preparame ya!

La historia ya es conocida: Rafito se adelantó mucho y no me dio tiempo ni de formar el pezón, ni de comprar Lanolina… de nada. Por eso, cuando el doctor me dijo que necesitaban que me saque leche, el mundo se me puso al revés. No de nuevo, no más experiencias frustrantes de este tipo, por favor…

Mi ginecólogo llegó a calmar las aguas. Me recomendó tomar mucha agua (¡qué raro!) y ponerme el extractor cuando me fuera a casa (al día siguiente). Un par de trucos (o sea, unas pastillas “productoras”) y, según él, listo. Peace and love, todo con calma.

De todas formas, mi esposo trajo el famoso extractor a la clínica y empecé la tarea. Al comienzo, no salía nada, todo era para estimular y estimular. Ya en casa, como a los dos días, cayeron unas gotas de calostro: unas gotitas de amor.

Sí, madres que sufren como yo con la lactancia: el calostro es el que nos cuesta más, pero todo el sacrificio vale la pena, porque supone una fuente de proteínas mucho mayor a la de la “leche madura”, que es la que sale luego. Además, el que sale de una mamá es exactamente lo que SU bebé necesita (en mi caso, mi pequeño prematuro) para crecer y desarrollarse muy bien.

Pero ojo: sin estreses. Salga lo que salga, dalo con amor, sin vergüenza y sin pena. Ya se verá luego si hay que completar con fórmula o no, todo por el bien del bebé. A mi Rafi le dieron fórmula para prematuros, porque no podían seguir esperando a la mamá vacía y lo que llevaba en mis bolsitas recolectoras les causaba entre risa y pena.

La primera vez que me dijeron que era muy poco, con cara de indignación (pensarían que yo era una floja o sabe Dios), salí a la calle y lloré. Llamé a la pediatra de Cristina y le conté, me dijo que no importaba, que entregara aunque sea una gota. Todo contaba y todo aportaba.

Los días en que fui mamá canguro fueron maravillosos, porque creo con fe y convicción que tomó lo mejor de mí, lo que cuando estuvo en la panza no le pude dar, un regalo para toda la vida, como dice el doctor Carlos González. Aunque fueran solo unas gotitas de amor.

mama canguro

Así me pasé unos días, entre la emoción de tenerlo sobre mi pecho y, en casa, llenar una onza de mi bolsita, y las caras poco alentadoras de las enfermeras. No peleaba pero me daban ganas de decirles: ¡Y cómo c$%%& quieren que me salga más si estoy yendo y viniendo de la clínica y no puedo sentarme en paz! Mejor me corto una chichi y se las entrego para que la expriman, mmmfff.

Mi bebé está en casa, ha alcanzado un peso decente (¡¡¡yeee!!!) pero fundamentalmente gracias a la fórmula, pese a mis esfuerzos. Es decir, no hubo happy ending para mí una vez más. Succiona tan rico de su biberón que yo resulto un estorbo, cuando lo pongo en mi pecho para jalarme, me bota.

No, madres, no me daré por vencida si alguito queda en mí. Volveré a la carga con el extractor, para que tome aunque sea un poquito con su bibe. No creo que sea un drama la no lactancia, a cada uno lo que le toca. Pero recuerden, es una cuestión de amor por lo valioso (¡y costoso!) que se entrega. Es una cuestión de dar gotitas de amor.

 

 

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