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Ya no llores, princesa

El lunes volví a la ofi. A decir verdad, estar ahí es un descanso para mi ansioso espíritu, porque puedo controlar al 80% los tiempos, las tareas, los descansos. Allí me sé talentosa y no siento que los ojos del mundo se posan sobre mí para ver cómo soluciono temas escabrosos como la cuasi adicción de mi hija por las gomitas Frugelé -¡oh, qué escándalo, cómo le permites a una niña comer dulces venenosos matagente!-, o los 15 segundos letales de sol que toma Rafael cuando cruzo la pista de la camioneta a la puerta de la casa.

En casa, con dos peques -¡mis respetos a las mamás de familias numerosas!-, me siento una completa inútil. No puedo atender a uno sin descuidar al otro, no puedo hacer que el bebé no llore mientras le preparo el desayuno a la mayor. Y no puedo hacer que la mayor no se sienta relegada cuando cargo al chiquitín para darle el biberón. Y no puedo lograr que 4 horas de la mañana sin bañarme no me hagan sentir menos persona.

No sé si para bien o para mal, eso ya se terminó (de lunes a viernes). Corrijo: Sé que es para bien, confío en que si Dios permite o quiere que yo necesite trabajar fuera, es porque es lo mejor para todos. No más dudas, Majo, no más dudas -¡qué egoísta me siento, puf!-. Pero el problema siguen siendo las noches: Les temo, y mucho. Que llegue la mañana, por favor.

Es que mi Cristina viene pasando malas noches desde hace más de dos semanas. Se despierta y empieza a sollozar, o a gritar, o a gemir, o a llorar. Y no sé qué hacer, he probado de todo y no se le pasa el asunto. He leído que puede que sean los llamados “terrores nocturnos” -¿por qué justo ahora?-, que son propios de su edad, y que puede ser provocado por un tema de estrés. Ay, no… ¿Será mi culpa?

Planificamos, con mi marido, que este año se quedara en la guardería luego del nido, para que hiciera actividades extracurriculares y regulara sus hábitos de limpieza y alimentación. ¡Es que no logro hábitos con ella! Conmigo, come a la hora que quiere, no se quiere cepillar los dientes, no quiere pedir pis… y en el nido ¡es toda una princesa! No obstante, cuando empezó este drama de todas las noches, decidimos que ya no se quedara en la guardería y la recogiera yo durante mi hora de lactancia, para restarle un poco (o mucho) de estrés al que de por sí ya tiene por la presencia del hermanito, que está asumiendo muy lentamente.

No sé qué va a pasar en una hora, en tres horas… ¡y tengo sueño! No sé si mi Cris llorará, si mi esposo volverá a pasarse horas tratando de calmar los gases de Rafi; no sé si me volverá a dar una crisis de ansiedad, como hace un par de noches… Como dice Luna, ¡yo quiero saber! -ok, no, no soy Dios, no tengo que saber-.

Y mientras, tengo que seguir llenándome de valor para contener a mi bebita. Su llanto, que a veces es desconsolado, intenso, azul; mojado, desgastante, esperanzador, me mueve a hacer lo que hacen conmigo en esos casos: Abrazarla y besarla. No hablar. Secarle la cara, echarle aire. Susurrar “todo estará bien, hijita, mamá está aquí”.

Daría lo que fuera por desaparecer el llanto de mi niña. Solo le pido a Papá Dios que sea Él quien en las noches le diga “ya no llores, princesa”, para que siempre, siempre, esté en paz.

terrores nocturnos

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