¿Y… qué fue de tu esposo?

Tú, que tienes esposo: ¿Te has puesto a pensar, en medio de la vorágine de tu maternidad, que él también te espera cada noche? Como dice la canción, “(…) dependientes y carentes de tu fuerza, mujer”.

Pufff… no, no basta con que uno te jale de la pierna, la otra te pida brazos y el más chiquitín juuusto en ese momento tenga cólico de gases. También está él, ¡él!, ese ser al que le prometiste amor forever and ever, recogiendo juguetes y haciendo como que “nah, yo no necesito mimos de niños, soy Sansón, a mí me basta con mi chela y mi televisión”, deseando en el fondo que ya sea su hora de abracitos apapachosos.

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Entiendo que te cueste, y sé que no es por falta de amor. Lo amas más que el día en que le dijiste “síiiii, acepto”, pero la maternidad jala, y muy fuerte. Sentimos que nuestros hijos nos necesitan con locura, que tenemos que entregarnos a ellos en cuerpo y alma y que si no lo hacemos nosotras, vivirán el resto de su vida con un hueco en su corazón.

Pero no, no es así. Si estás casada, recuerda que se prometieron estar juntos toda la vida, lo cual requiere ir tejiendo esa “vida” día a día; que forman una familia –mamá Cerdita, papá Cerdito, Peppa, George y los demás que vengan– y que los pequeños, en ese contexto, necesitan a mamá + papá, al equipo, al tándem. Por supuesto que la relación con cada uno es individual y especial, distinta y maravillosa, pero el vínculo de hijo + pareja que se quiere, que se apoya mutuamente, que tiene detalles uno con el otro, que expresan su cariño con un sonoro “¡te quiero, cucuchurro!” es demasiado importante para los chiquitines:

 

  • Les da seguridad acerca de la unidad de su familia.
  • Aprenden a ser generosos, a entregar el corazón a quien vale la pena.
  • Aprenden a respetar los tiempos y espacios de cada uno: Mamá y papá también necesitan los suyos.
  • Conocen que se pueden lograr muchas más cosas cuando se trabaja en equipo.
  • Y un largo etcétera.

¿Que te peleas con tu marido? ¡Y quién no! Cada uno somos un mundo de emociones, de experiencias; todos tenemos malos ratos y manías, todos tenemos defectos insuperables y, a veces, demasiado cargantes. Pero intenta que tus hijos no los vean en pleno ring de box –a veces podemos herirnos mucho– y, si es inevitable que se den cuenta los ñaños, explíquenles luego que a veces papá y mamá se molestan por cosas, y que luego lo resuelven. Y se dan un beso para que no queden dudas, je.

No, no te estoy diciendo que dejes al pobre chiquitín con el pañal lleno de popó porque “tienes” que servirle la comida a THE ONE. No, THE ONE también tiene manos y puede hacerlo solito. Además, tendría que ser parte de la dinámica familiar que TODOS colaboren, cada uno según sus posibilidades (no intentes que tu esposo vista a tu hija para un cumple, salvo que sea metrosexual). Lo que te digo es que recuerdes que existe otra tú, distinta a la tú-mamá. Existe la tú-mujer que, un día, se enamoró perdidamente de un chico bello -con pelo y sin panza, je-, y que ese amor se merece no solo perpetuarse en los hijos, sino en los detalles del día a día.

¡Nos vemos!

 

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