El mejor dinero del mundo

Un hombre muy bueno y sabio dijo: “No entiendo por qué, a las 6 de la tarde, la gente se queja de que está cansada… ¡si han tenido todo un día de trabajo, es natural que estén cansados, raro sería si ocurriera lo contrario!”.

Dicho esto, no me quejaré de que estoy para basurero de gato. Citando a un futbolista peruano, no estoy muerta pero tampoco viva (jajaja… la sabiduría de los peloteros).

Es que vengo de una semana sin nana en la casa.

La semana pasada no tuvimos nana. Huyó vilmente de vacaciones, así que papá y mamá tuvimos que cambiar oficina por casa.

Pensé que extrañaría mi marketing de contenidos, mis presupuestos, los diseños inacabables y las demás hierbas laborales. Pero no: en serio, no lo digo por cliché, estar con mi familia presencialmente a tiempo completo, aunque se me cayeran las orejas del cansancio, fue lo más maravilloso que me pasó en esos días.

Sé que no importa lo que sentí, sé que importa que ellos fueron felices. ¡Pero es que yo también fui feliz! Logré una conexión increíble con mi “terribles 3 años”, gocé de las mataperradas del nuevemesino Rafael -una bala el mocoso-. Volví a la cocina, ¡seeeeeeee! -ok, muchas más bien le huyen, pero a mí me encaaantaa-, a preparar cosas que se pegan al riñón y no las cochinadas que uno come en la calle. Comí un helado con mis bebés, vi a Cristina subir 4 metros -calma, fue en un juego de Bembos- venciendo todos sus miedos e inseguridades… no, jefe, no me regales un bono ni un viaje a las islas griegas, te lo cedo: con todo esto, me basta y sobra para endorfinearme por mucho tiempo y, lo más importante, endorfinearlos a ellos.

El problema de todo esto es que es adictivo. Ya no me veo dejando a mis churruminos crecer sin mí. Quiero cortar y pegar con Cris las benditas figuritas que piden para la tarea, quiero que Rafi me llene de agua hasta el calzón con su chapoteo cuando lo baño.

Claro, eso es lo que quiero yo. Lo que tiene previsto Papá Dios es diferente, y tengo fe en que eso es lo que hace y hará más feliz a mi familia. No lo entiendo, no lo supero, pero tengo fe y amor. Todo va a estar bien.

Amiga ama de casa: quizás me quieras decir que estoy loca, que darías lo que fuera por estar en mi lugar. Que ya te hartaste del jean y las zapatillas que yo disfruté la semana pasada. Y créeme que te entiendo y te admiro: es una cosa de locos la organización del hogar y tú logras aplacar la demencia con arte. ¡Bravo!

Pero quiero que sepas, yo que estoy del otro lado de la luna, que NADIE, NADIE, te hará sentir más valorada que tu familia, que tus hijos, porque aunque sean pequeños, lo observan todo y pagan con los billetes más valiosos del mundo.

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