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¿A qué renuncia una mamá profesional?

Estudiar, hoy, es casi un lujo: tiempo, dinero, costo de oportunidad. Y para las mamás, ni se diga. Es casi prohibitivo pensar en una especialización o un posgrado cuando tienes hijos pequeños, salvo que tu esposo decida ser padre y madre durante dos años, y te hagas una regresión mental para olvidar que unos piojitos esperan por ti cada noche.

Tú lo sabes mejor que yo: si eres mamá de niños, difícilmente accedes a un puesto de acuerdo a tu calidad profesional, ya sea porque no tienes el título que lo avale o porque, aun teniéndolo, no puedes rendir como se espera –paradigmáticamente– de un cargo directivo. Se habla mucho de la conciliación trabajo-familia pero, la verdad, a mí me suena a puro floro: igual ves cómo tus contemporáneas solteras y sin hijos escalan, escalan y escalan, mientras lo único “alto” que conoces tú es el estante donde escondes las golosinas. Y encima, para poder llegar a casa a una hora decente y con menos estrés que el resto de la humanidad –atender a los niños con los pelos de punta no es la voz–, tienes que buscar un trabajo que exija menos de tus capacidades (gracias a Dios, no ha sido mi caso).

¿Es eso justo?

Podríamos sentir que no, que la sociedad no debería subestimarnos y, más bien, aprovechar todas nuestras habilidades. Después de todo, ¿quién está criando a los futuros ciudadanos? ¿Quién da a luz con mucho dolor a los que quizás dirijan el destino del mundo? Quién, pues, quién. Pero la verdad es que, por ahora, no importa lo que sintamos, pues nada cambiará el hecho de que estemos orgullosas de nuestras renuncias: de renunciar a ejercer nuestra profesión para atender a los niños; de renunciar a un mejor puesto porque implica pasar muchas horas fuera de casa; de renunciar a ser reconocidas porque eso, hoy, no es compatible con las risas de nuestros bebés, ni con el paseo al parque, y menos aún con la voluntad de tener más de un hijo.

hijos o profesión

Algún día se nos tratará como lo merecemos. Algún día. Hasta ello, seguiremos recibiendo la mejor remuneración del mundo: los besos de nuestros hijos cuando llegamos, las horas de juego con Barbies y Kenes, y la inigualable oportunidad de acompañarlos hasta que se queden dormidos.

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