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Las largas noches de vacaciones

Casi todas estamos a la caza de lo mismo: que nuestros hijos duerman a una hora decente. Todas las estrategias de la abuela son válidas y se ponen en práctica cuando el reloj da las 8 pm: Mil vueltas alrededor de la casa, manzanilla (o valeriana, je) mezclada con la leche, aceite de Melissa en la sien, el aburridazo noticiero de la noche… Y, aun así, muchas veces pelan la muela hasta que los ángeles de la guarda se apiadan y los sueñan, Dios sabe cómo.

Cuando van al nido o al cole, ellos también “trabajan”, así que el reto no es tan difícil. ¡Pero en tiempo de vacaciones, uf! La cosa se pone feísima. El verano los endorfinea mientras, a los padres, el calor del día nos hace llegar a casa en modo automático. “Oh, qué lindo, más tiempo para jugar con los niños”, dicen los de afuera. “Soooocooorrooo”, decimos los de adentro. Y luego caemos desmayados.

Raúl y yo, este verano, hemos cambiado el dolor por la contemplación. Sí, contemplación: sin salir del modo automático -lo siento, mala madre Majo y mal padre Raúl somos seres humanos, una pena-, estamos con los chiquitines observándolos y comentando:

– Mira, ¡cuánto ha crecido!

– Rafael es tan bello…

– Cristina está más avispada.

– Mi hijita, es una cotorra… y pensar que ayer no sabía hablar…

Por supuesto, cuando por fin caen desmayados, nosotros morimos. Y por supuesto, también, la impaciencia a veces nos gana y lanzamos miradas asesinas.

Créeme que es lo mejor: si no puedes con el enemigo, únete a él. No se trata de resignarse sino de relajarse, de olvidar la cena que tenías que cocinar, el correo que ibas a escribir o la mandala que no terminaste de pintar el día anterior. Aplica las técnicas de la abuela -o de la amiga experta en hipnosis- y no dejes que el manual de la buena madre te martirice. Prioriza, deja para el final lo que realmente tienes que hacer, lo impostergable, lo SOS y luego descansa, que el camión de basura igual pasará al día siguiente.

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