Cristina, nombre con alas

Aún recuerdo a mi pomponcita cuando era pomponcita, y los 15 días que me pasé llorando por la famosa maternity blues. Encima, ¡encima!, mi hermana le cantaba a mi bebé una canción tan dulce, con su voz también dulce, que mis lágrimas podían regar el jardín del parque Kennedy.
Hace un rato, mi Cris, ya de 3 para casi 4, me dice en su cama: “Mamá, cuando cierre mis ojos, me cantas una canción”. Empecé con una de Miliki y luego recordé la famosa lacrimógena.
– Hijita, ¿quieres que te cante la canción de la tía Lupita cuando eras bebecita?
– ¡Sí! (con la emoción en modo MEGA).
La busqué en YouTube -no me sabía la letra, je- y luego de un par de prácticas fallidas, recordé el coro. ¡Cómo olvidarlo! Y estúpidamente me puse a llorar. Y mojé el mouse de mi Mac -¡sobrevive, paaaar favaaaar!- y, a los pocos, muy pocos minutos, se quedó dormida.
Sigo llorando, claro está, malditas hormonas.
Limpiados los mocos, puedo entender que “Cristina, calorcito tibio, Cristina, pedacito de alma” me ha dejado un mensaje en la botella, y esta ya llegó a la orilla -más lenteja yo-. Lo que mi gorda espera de mí cuando hace pataletas es tan solo un rato de compañía tierna, no de estarla fastidiando con que haz esto o lo otro. Un “déjame en paz y abrázame, que para eso eres mi mamá”.
Lo sé, lo sé, también necesita límites, firmeza y bla bla, pero todo tiene su momento para desplegarse y su forma. Como las alas del nombre de mi princesa.
PD: La canción es “Brisa”, de la novela Verano del 98 -no se admiten burlas, je-.

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