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Los niños también saben consolar

Hace tanto que no escribo. Bueno, no, mi trabajo es escribir, o sea que técnicamente no es cierto, pero ya saben, mamá Majo es la que tiene mucho en su interior y ya es hora de volver a teclear.

A veces pasa -debe haberles ocurrido- que los problemas o dificultades, subjetivas u objetivas, se les juntan. Entonces, sienten que ya no pueden más y experimentan una especie de agobio o burnout. Y se sienten solas -aunque no lo estén-, y se sienten inútiles -aunque sean súper mujeres-, y sienten que si pasan una noche más sin dormir, morirán -aunque su cuerpo se recupere con una siesta de dos horas-. Cuando una está taladrada mentalmente, todos los pensamientos se cuelan y la imaginación fluye, tan rápido como las millones de lágrimas que, de pronto, brotan.

Me pasó hace poco. Quienes son mis amigas, no se preocupen, son tonteras mías -sin las cuales no sería yo, je-. Un domingo, camino a misa, pudieron más mis demonios internos y me puse a llorar. Cristina, que estaba detrás, me dijo: “Mamá, ¿qué te pasa?”. Le contesté que me dolía la cabeza y me consoló con un “no te preocupes, mamá, ya no llores”.

Fue el inicio de una nueva etapa, creo, en su madurez mental y emocional. Y para mí, claro, ¡mi bebé estaba creciendo! Esa noche en concreto, yo sentí que no podía ser, ¿es en serio, fiebre? ¡Ya no más, por favor! Y claro, me fui a mi habitación a llorar. Parece que lo hice con tal fuerza que ella escuchó. Del llanto pasé a la risa cuando gritó, con voz de madre chillon: “¡Aaaaaayyyyy, ¡otra vez estás llorando!!!”. Luego vino y me dijo, esta vez, suavecito: “¿Mamá, qué te pasa? Ven, vamos a mi cama”.

En ese momento, solo me dejé llevar. Ella, que estaba con fiebre, hizo como de Lazarilla me acostó en su cama, a su lado, y no pidió nada: ni leche ni cereal, nada. Solo me miró fijamente y susurró: “Mamá, ¿qué tienes?”. Le contesté: “Titi, me siento sola”. No se le movió un rulo, y con voz pausada, me dijo: “No te preocupes, estás conmigo”.

Increíble. Mi hija de 4 años me estaba haciendo la mejor terapia: la terapia de la empatía. Cuando ya me había calmado, me recordó que papá me ama, que Rafael me ama, que mis hermanos me aman y mis papás también. Y me rascó la cabeza, y me arrulló para que estuviera tranquila.

Pasada la semana, una de mis mejores amigas me dijo: “¿Ya viste que todo es para bien? Estos días difíciles -a Rafael le fue mucho peor con el bendito virus ese- han hecho que descubras que tu hija es madura, saber ponerse en tu lugar y reconoce cuando necesitas ayuda. ¿Ya ves, Majo, cómo no lo haces mal como mamá?”.

Pucha, sí. La verdad es que no lo hago tan mal. Cristina ya sabe cómo dar su corazón,  a cucharitas y con Stevia.

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