Tan solo que me valores

“¿Qué buscan las personas? El amor incondicional. ¿Y quién mejor que una madre para darlo? Puede haber muchas cosas importantes, como construir un puente o inventar una teoría física, pero, al final, el hombre siempre vuelve a casa”.

Un filósofo de esos que te dejan con los ojos como platos fue el que dijo esto, en una charla a la que tuve la suerte de ir . Casi me pongo de pie para aplaudirlo -que un intelectual ponga a la mamá o a la familia, en general, por encima de la ciencia, no se ve todos los días-. Pero no me correspondía y, teniendo en cuenta el público presente, ninguno iba a entender mi emoción.

En cambio, tú eres mamá -muy probablemente- y sí entiendes, porque sabes que muchas veces, por más pretencioso que suene, necesitamos reconocimiento; necesitamos saber que no lo estamos haciendo mal y, sobre todo, que nuestros hijos están seguros de nuestro amor.

Por eso, agradecí tanto cuando Rafael, mi bebecito de 1 año, me hizo sentir, a su modo, valorada.

Fue unos días antes del día de la madre, días en los cuales yo pensaba: “Por las puras es esto del día del madre, si igual cuando vayamos al restaurante o wherever, nosotras tendremos que dar de comer y llevar al baño a los niños. Bahhh”. Mother Grinch total. Estaba arreglando la ropa del closet de mis peques, con Rafi jugando en la cama de Cristina (mi otra enana de 4). Para que no se me escapara, empecé a hacer de payaso con canciones, muecas y las tonteras que naturalmente me salen porque siempre he pensado que tengo alma de claun. Entonces, pasó. Mi chanchito me miró, primero, con compasión, y luego, sus ojitos parecían decir: “Ay, mamá, tan buena eres que hasta estupideces haces por mí”.

Listo, cerrado. No necesité más regalo por el día de la madre. Esa mirada lo pagaba todo: sus pañales con popó que huelen a fin del mundo, cada raya de crayola que hay en mis paredes y las varias sombras de ojos que me va rompiendo en mil pedazos. Pagó hasta los pecados de su hermana mayor.

Y si algún día me dice expresamente él o Cristina algo así como “gracias, mamá, porque sé que te cuesta dejarnos en las mañanas; que llegas con dolor de espalda y ganas de mandar a la miércoles todo pero, aun así, nos cargas y acompañas; que te has resignado a quedarte gorda porque ir al gimnasio te quita tiempo con nosotros”, me muero muerta de la felicidad, saboreando el pedazo de Cielo que Papá Dios me bajó.

buena eres, porque te cuestan creo que lloraré de la felicidad, así de importante es esa vaina para mí.

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