La hija del abuelo

Isaías es el nombre de mi papá. Me hubiera gustado ponerle así a Rafael, pero un acuerdo con mi esposo de no usar nombres de la familia, para que nadie se resienta, echó por tierra la cuestión. Sin embargo, la sabia madre naturaleza, piconamente, se interpuso y le dio a Rafita la misma cara de mi viejito. Toma, mientras.

Eso, sinceramente, me encanta. ¿Por qué? ¿Porque quiero dejar mis hermosos ojos café tatuados para la posteridad? Nah. Es que cada vez que miro a mi bebé, veo en sus gestos, en su mirada, en sus cachetes, a mi papá.

No, no, no estoy reencarnando a nadie ni quiero a mi hijo por el parecido con el abuelo, no seas retorcid@.

¿En qué estaba? Ah, sí. Isaías, una de las mejores personas de este mundo. Eeey, no escribo esto porque ya se me haya ido al Cielo, je. Ese va a vivir fácil sus 90, lo firmo. Es que se viene el día del padre y, la verdad, no me sabe nada bien no hablar de los papás de las mamás -en este caso, yo-. ¿Te has puesto a pesar lo importantes que son para ti, para tus hijos, para la humanidad? Son como un superhéroe viejón, con canas y uniforme vintage, pero que tiene más sabiduría que todos los libros de crianza que puedas haber leído.

Lo más grande que he aprendido de mi papá es a vivir con las manos abiertas. No hay nadie que lo conozca que no haya recibido algo de él, material o inmaterial. Casa, comida, trabajo, vestido… cariño, apoyo, complicidad, ¿qué no habrá entregado? Cuando era niña, recuerdo que casi como que se inventaba necesidades para pagarle a un señor por ayudarlo.

Otra cosa que me marcó es su pulcritud. Hasta el día de hoy, no hay en él rastro de suciedad o desorden. Es verdad que a veces es maniático, pero qué michi, el ejemplo que da es espectacular. Las pastillas en su táper, hilo dental todos los días, su peine es el preciso para su cabeza, ¡y los zapatos! Aquí se viene una buena: en la época escolar de mis tres hermanos y yo, por la noche, se suponía que debíamos lustrar los zapatos para ir al cole bien limpitos. No lo hacíamos, claro está. Entonces, él entraba despacito a nuestras habitaciones cuando ya estábamos dormidos, se llevaba los zapatos y los lustraba él. En ese tiempo no había esponjita mágica ni Payless con sus accesorios milagrosos; en ese tiempo había betún y escobilla. Cuando terminaba, nos los ponía al pie de la cama, con los pasadores sueltos y colocados de tal manera que ya solo teníamos que introducir los pies casi ortopédicamente. Un grande, mi papá -y unos ociosos, nosotros-.

Aun con toda esa inspiración -muchísima, teniendo en cuenta que me he quedado cota en este post-, la verdad es que sigo batallando contra la ociosidad, los zapatos sucios y la tacañería que me entra a veces. Pero, porque sé que mis bebés me observan, no dejaré de intentarlo, menos aún ahora que veo que mi Cristina ya sabe ordenar estructuralmente su habitación, se cambia las medias cuando están sucias y pone la calma en mí cuando mi alma pide socorro. Esas cosas no se heredan; no, mamacita, se aprehenden.

Gracias, papito. Cuando sea grande, quiero ser como tú.

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