Mamá, que no te agarren de lorna

A veces, muchas veces, siento que la gente se aprovecha de lo vulnerables que somos las mamás con respecto a nuestros hijos. ¿No les ha pasado que, de pronto, se encuentran con un pediatra que les dice: “Pediasure es básico para que tu hijo crezca” (digo “Pediasure”, pero puede ser whatever). O que te mandan a terapia de lenguaje porque tu niña dice 50 palabras en vez de las 200 reglamentarias para su edad?

Y pienso, ¿pero, cómo logro que no me engañen? La respuesta sencilla podría ser: informándome. ¡Bien, claro!

No, no es tan fácil la cosa.

¿Cómo accedes a TODA la información? Incluso accediendo, ¿CUÁNDO la puedes leer, estudiar, procesar? Y peor aún: ¿CÓMO sabes que es verdadera? El otro día, me encontré en una librería con un libro del Dr. Estivill -sí, ese que dice que a los bebés hay que dejarlos llorar-. El título era “Niños descansados, niños felices”. Si no supiera quién es el hombre, lo hubiera comprado en one. Luego me fijé en el autor y, como si tuviera un resorte, salté a otro lado. No lo soporto -si tú estás de acuerdo con sus teorías, obvia el ejemplo, por favor-.

Un día me dijeron: como tienes más hijos, tienes más experiencia y ya no te pueden engañar tan rápidamente. Craso error. Cada niño es distinto y lo que vives con uno, no necesariamente lo vives con los otros. De hecho, no es lo mismo tener cierto recorrido a ser primeriza, pero continuamente estamos aprendiendo y moviéndonos en terrenos que siempre, por ley de vida, tienen algo nuevo.

Dándole vueltas al asunto, porque realmente soy muy sensible cuando me dicen “cosas” acerca de mis hijos, me encontré con algo que escribió un filósofo al cual sigo -aún vive y puedo interactuar con él por Facebook-: el miedo paraliza y te vuelve egoísta. Te concentras tanto en ti misma, en lo que estás sintiendo, que olvidas el objeto de tus miedos, en este caso, tus hijos. En lugar de investigar sobre si lo que te dijeron es real o, si es real, ver la manera de solucionarlo, te sientas a sufrir tu dolor.

¡Hey! No digo que no te sientes a procesar la cuestión, es necesario llorar un poco -si eso te da paz-. Si te dicen que tu niño es anémico, que tiene TDAH, que le pega a los compañeros del aula, es normal que te preocupes y pienses: ¿qué hice mal?

Pero que no te agarren de lorna. Que el miedo no te paralice ni haga que te mires al ombligo durante una semana. Que la persona que tienes en frente sepa que no dirás “amén” a la primera, que eres capaz de razonar, que buscarás una segunda opinión y que no puede aprovecharse de tu sensibilidad para sacarte dinero o, simplemente, hacerte sentir más empoderada que tú.

Mira otras opciones, pide referencias, conversa con otras mamás que probablemente estén pasando lo mismo que tú. Hazlo por tu familia, por tu paz mental y por que tus hijos crezcan verdaderamente sanos y felices.

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