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La Tarumba, mi hija y yo

“Cada vez más proyectos pedagógicos insisten en que el arte es una de las mejores metodologías de aprendizaje, porque respeta la identidad de cada alumno (…). No se trata de que se conviertan todos en artistas, sino de que aprendan de una manera intuitiva, jugando, que es como aprenden los niños, cuáles son sus intereses, sus capacidades y, por ese camino, encuentren su vocación”.

Esto me dijo, hace un par de semanas, Carlos Aladro, actor y director de teatro en España (un capo el hombre). Durante una entrevista, empezamos a hablar de la relación entre arte y cultura y, de pronto, salió esto… esto que ya me había parecido escuchar antes… ¿dónde, dónde? ¡Claro! ¡En La Tarumba!

Carlos Aladro. Foto: Universidad de Piura.

Durante la primera reunión de padres de familia, nos explicaron su proyecto pedagógico. Créanme que lágrimas brotaron de mis ojos, porque ¡son tan empáticos! Me hicieron sentir, aunque éramos muchísimos papás y mamás, que no era la única con hijos que tienen asuntitos por superar: miedos, vergüenza, capacidad de compartir… voy a contarles, porque creo que deben conocerla, mi historia con La Tarumba.

El nido

Pues resulta que, a mitad del año pasado, la miss de Cristina me dijo que mi chiquita no toleraba la frustración. Que, ante una dificultad, se plantaba y no quería intentarlo más. Además, que tenía muchísimo potencial artístico, pero que por algún motivo lo escondía en el salón -o sea, por roche-.

Confieso que ese día no solo lloré mucho: también me rebelé. ¿Qué puñetas importaba si la niña se arrochaba, si yo la consideraba súper inteligente y linda y buena? Además, ¡qué perfeccionismo, por Dios! ¿No era suficiente con que reconociera los colores, las letras, etc.? Y, por último, si se me ocurría aceptar que tenía algo en lo cual ayudar a mi peque, eso quería decir -en mi estúpido razonamiento- que no lo estaba haciendo bien como madre.

Felizmente, la miss siguió motivándola para superar sus temores. Y, cuando pensé fríamente las cosas, se me ocurrió que si le pedía a mi hermana -una capa con los niños- que la ayudara a hacer las tareas, a tener un orden, a sentarse en una silla, las cosas que la frustraban irían desapareciendo porque, al comprobar su capacidad, agarraría más confianza y menos temor a los retos.

Y ocurrió tal cual. Mi chiqui mejoró un montón, yo me desrebelé y decidí ayudarla dando el siguiente paso, el que en el nido me sugerían: La Tarumba.

Cuando vi el precio casi me muero. Me parece que su chamba vale cada céntimo, pero yo no tenía el dinero en ese momento. Entonces decidí guardar plata de por aquí, de por allá… y mi niña hizo el taller Jugar para Crecer de este verano.

Los primeros días tarumberos

– Hija, ¿qué haces en La Tarumba?

– Nada, mamá, solo jugamos.

¿Recuerdan el párrafo inicial?: “(…) jugando, que es como aprenden los niños”. A través del juego, aplicado al circo, teatro y música, el equipo de profesores de la Escuela reconocía las habilidades, los valores, los miedos, los issues por superar de cada niño y trabajaban con ellos teniendo el afecto como herramienta esencial. Mi niña, luego del primer mes, empezó a lanzarse cual Supergirl desde cualquier lado, y era feliz haciéndolo. Muy feliz. Brillaban sus ojos al ver su salto largo, su salto alto; al ver que había perdido el miedo a muchas cosas. Empezó a socializar mejor con unos niños que -¡bendito sea Dios, porque son bellos!- se mudaron al barrio… en fin, todo fue sumando.

La semana pasada fue la clausura. Mi hija voló, mi hija mantuvo equilibrio, mi hija cantó contenta. Y me dijo: “Mamá, quiero seguir en La Tarumba”.

Ningún taller antes (marinera, ballet, etc.) la había llenado. Lloré de emoción no solo al verla a ella, sino al resto de niños que hacían sus piruetas y miraban a sus padres con ojitos orgullos, ojitos de “lo logré”, ojitos de “mamá, papá, ¡soy un campeón!”.

Si tienen la posibilidad de meter a sus hijos en La Tarumba, no lo duden. Crecerán en todo sentido. Y, por cierto, este no es un post pagado o canjeado: realmente considero que todo el sacrificio que hice para poderla inscribir este verano lo valió, por eso se los cuento empezando por el principio y terminando por el que, espero, no sea el final.

 

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