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En el día de la madre, ¿quién agasaja a quién?

Y llegó el Día de la Madre. Todos entran en conmoción el sábado anterior porque tienen que regalarle algo a su mamá, abuela, tía, cuñada, hermana, etc. y, como la vida se pasa tan rápido, no pudieron hacerlo antes.

Las mamás, por nuestra parte, alistamos nuestras mejores galas para las actuaciones del nido o colegio, si es que nuestros chiquis están en edad de ir. Y, claro, liberamos la mayor cantidad de espacio posible de nuestros celulares para hacer los videos, las fotos y subirlas ipso facto a redes sociales.

Esta semana, yo solo pude disfrutar del show hasta el miércoles. Mi #terribletwos se enfermó, se enfermó mi esposo, se enfermó la #fivenager y a la miércoles todo. Qué disfraz ni qué ocho cuartos, agarra tu trapo que hay que limpiar el mal del estómago propio y el del ajeno.

No quiere decir que haya perdido ilusión por el festejo, aunque la verdad no quiero ver comida en bastante tiempo -ni sueros, ni gatorades, ni nada por el estilo-. De hecho, en realidad, a mí me ilusiona porque mi zambita es feliz desplegando toda su inmensa capacidad de hacerme sentir que soy extraordinaria. Pero sí que, estos días de cuarentena, he pensado cosas. Cosas como que muchas veces entregamos la vida a situaciones que no valen la pena. Vivimos en mil pistas, intentando complacer a todos y tratando de demostrarnos que somos las mamás de la selección peruana de fútbol que salen en la tele, mujeres superpoderosas que debemos hacer honor a nuestra raza valiente y luchadora… y no nos damos cuenta de que la meta final que nos hayamos propuesto es la que merece nuestro corazón: nuestros objetivos familiares, hacer de nuestros hijos personas de bien, irnos al Cielo. Y una vida no alcanza, por eso tenemos que hacer que cada momento sume, que cada momento valga la pena.

¿Pueden, en tu trabajo, vivir sin ti? Sí. ¿Pueden vivir sin todo el punche que le pones a las cosas, lo cual supone más horas para el jefe y menos para tus hijos? Sí. Yo lo comprobé estos días: nadie murió sin el 200% de energía que le pongo a mi chamba, nadie… felizmente. Eso quiere decir que basta con poner el 80% y correr -con paz- a besuquear a mis enanos, a aprender con ellos a leer, a conversar de sus amigos y tajar sus colores jumbo. De igual manera: ¿Importa realmente que le consigas el mejor disfraz de la ciudad? No. ¿Importa que te pongas el mejor atuendo, para sacarle pica a las otras mamás del salón? Tampoco. Lo que importa es que tus hijos vean tus ojos brillar, que sientan que el esfuerzo que pusieron en los ensayos tuvo su fruto, porque así les estás dando una lección de reconocimiento, de trabajo, de perseverancia y, sobre todo, de mucho amor.

En este día de la madre, agasaja tú, mamá. Apachurra a tus hijos y siente que la mejor recompensa a todos tus sacrificios es la bondad de su mirada y de sus actos; que tu mejor regalo no sea

una cartera o unos zapatos -aunque nunca están de más, je-, sino la felicidad y paz con la que viven gracias a ti. Si te sientas un rato a pensarlo, verás que es algo que no tiene precio.

¡Feliz día, colega de la vida!

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