Crianza

El uniforme del cole

Todos los padres tenemos tesoros que, tarde o temprano, heredaremos a nuestros hijos —si ellos quieren—. Algunos en metal; otros, en colecciones de álbumes del mundial o cosas por el estilo. Pero el mío posee uno que es maravilloso, una cosa impresionante, una cosa de locos: la virtud del orden.

Escribí esto ayer porque, en la noche, me sentí “Isaías” —mi papá— en versión preTOC (transtorno obsesivo compulsivo) relativo a la limpieza. Digo “pre” porque aún no siento ganas de tirarme por la ventana cuando veo desastres de este tipo en mi casa —sobre todo al final del día, cuando Rafael deja sus dedos de yogurt sobre el colomural y Cristina olvida tapar el plumón marrón justo sobre mi sábana clarita—.

La escena fue la siguiente: una vez que mi tribu se durmió, me embargó la emoción porque por fin podía ordenar con paz las cosas para el nido: uniformes, agendas, etc. Mi esposo normalmente deja todo listísimo, pero la preTOC (yo) necesita ver si la ropa está limpia, si hemos puesto algún mensaje a la miss con un “gracias” final, etc. Cositas de nada. Ya había visualizado desde hacía horas que las zapatillas de Cris estaban cochinas, así que saqué un pañito y la la la… ¡Madre mía! ¡Los pasadores! ¡Estaban mugre! No, mijita, así no me vas mañana.

Con un ojo latiéndome y un frío de la gran flauta, desocupé una batea llena de medias separadas para guardar y metí los pasadores con harto detergente y agua. Sobe que te sobe logré blanquearlos al 90% (¡qué manía tienen los colegios de pedir que los niños vayan con zapatillas blancas, lo más terrible que hay en este mundo!). De puntitas titas titas entré en mi habitación a sacar la plancha y las sequé. Qué tranquilidad.

Mientras lo hacía, recordé que mi señor padre, cuando mis hermanos y yo estábamos en el cole, nos lustraba los zapatos todas las noches. ¡Qué horror, qué vagos éramos! Lo que hacía yo, para no lustrarlos, era meterlos debajo de mi cama —¡gran escondite!—. Cada noche, sentía cuando él entraba en mi cuarto, sacaba los zapatos y luego los regresaba con los pasadores sueltitos como para que, al día siguiente, el pie entrara en one. Un santo, mi padre, caracho. Entonces, cuando puse los pasadores en las zapatillas de mi gorda, decidí hacer lo mismo: dejarlos flojitos.

En realidad, son miles de detalles los que tenía —tiene— mi viejito. Felizmente, mis hijos lo observan, ¡algo les quedará! No adquirí por ósmosis su tesoro pero sí está grabado en mis mejores recuerdos: nunca nos faltaba pañuelo o tissue en el bolsillo, jamás salíamos desplanchados o despeinados, las notas a los profesores las escribía de manera correctísima y buena caligrafía, olía a perfume hasta en las orejas… Como dije antes, gracias a Dios mis chiquis lo observan y, para no ser fresca, también me estoy esforzando: porque el orden da paz y la limpieza hace agradable la vida no solo a resto sino a uno mismo.

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