Dios, las abuelas y los niños

Cuando mi hermano mayor y yo éramos niños, cada vez que ocurría un problema en la casa, mi mamá nos pedía que nos arrodilláramos en su habitación y rezáramos delante de la estampita de san Josemaría Escrivá. Por lo menos un par de veces, logramos verdaderos milagros.

No fue solo eso: ella rezaba el rosario todos los días y, a veces, me pedía que la ayudara. Confieso que me daba muchísima pereza, pero me decía: “Son solo 15 minutos, hijita”. Bueno, dale, lo hacíamos.

Esa experiencia, con el tiempo, dejó una huella imborrable en mí. Sembró una fe a prueba de balas, lo que no quita que cuando las cosas se ponen color de hormiga, me bajonee.

Yo no he hecho lo mismo con Cristina, mi hija de 4 años… al menos no tan osadamente. Le propongo las cosas y, si no quiere, no le insisto. No sé si esto es bueno o no, pero es mi estilo de sembrar en ella la amistad con Dios y la Virgen: más, digamos, “poco a poco”. Mi mamá, su abuela, en cambio, nunca perdió sus métodos poco persuasivos. Dos veces a la semana, la lleva a una capilla donde está expuesto Jesusito y se sientan a rezar… no oraciones aprendidas como el Padrenuestro: se sientan a conversar con Él, en silencio.

Esa capacidad suya de comunicarse con el Cielo la descubrí un domingo, durante la misa. Ella fue corriendo hacia la capilla y se sentó, en silencio, a hablar con Dios. Fueron solo unos minutos. Cuando volvió, le pregunté curiosamente: “¿Qué le dijiste?”. Me contestó: “Le dije ‘¡hola’!”.

Algo más conversarían, pero no seguí indagando. Solo me sorprendió la naturalidad con que ahora se dirige -gracias a su abuela, hay que reconocer- al Dios que muchas veces sentimos lejano, fuera de nuestra vida y nuestras cosas, pero que en realidad no solo está vivo sino súper pendiente de lo que nos pasa.

Sinceramente, creo que podemos esperar de los niños mucho más de lo que pensamos, en temas de piedad. ¡Hasta en eso son más moscas, en comparación a cómo éramos nosotros de niños! Los chiquilines de hoy se cuestionan (mamá, en el Padrenuestro, ¿quiénes son los que nos ofenden?); experimentan; copian modelos (como bañarse en echarse agua bendita); y se lanzan, sin vergüenza ( ¡por qué a mí no me dan la papita! -la Eucaristía-?).

Voy a seguir el ejemplo de hija. Creo que será un win-win: yo la imito y, al verme, ella también imitará. Y así creceremos juntas en amor a Papá Dios y la Virgencita… y así, algún día, sea ella quien me diga: “Mamá, ¿me ayudas a rezar el rosario?”. We never know.

Criemos hijos con paz mental

Cuando empecé a formarme en Disciplina Positiva, una de las cosas que más me gustó fue el tema de “no premios, no castigos”. Brillante. Siempre me ha reventado el conductismo, el que se enseñe a los niños a esforzarse porque recibirán “algo”, y no por el hecho de que, simplemente, las cosas hay que hacerlas bien y ya está.

Como si el mundo se resumiera en caritas felices o tristes….

Paradójicamente, el nido de mi hija mayor tiene, por tradición, la costumbre de andar entregando diplomas o cositas a los que, por ejemplo, se esfuerzan o cumplen -sabe Dios- la virtud del mes. Una de esas cositas es pegar la foto de los “ganadores” en un panel que está, durante unos días, en la puerta de entrada.

Paréntesis: ¿Por qué elegimos mi esposo y yo ese nido, si esa metodología no nos gusta? Porque no hay nido, ni colegio, ni universidad perfectos. Créanme, lo estudiamos. Pusimos las cosas en una balanza, según nuestro proyecto familiar, y voilá! Apostamos por ese y por sus colegios correspondientes. A lo hecho, pecho.

La primera vez que pusieron el bendito panel, Cristina (mi pioja de 4 años) me dijo : “Mamá, ahí están las chicas del ballet, ¡pero no estoy yo!”. Coincidentemente, las “chicas del ballet” habían ganado ese mes. Por varios días, se sintió mal. Ella quería que su foto estuviese allí. Ella quería recibir el aplauso de la directora y toda la alharaca del asunto -como lo hacía yo de niña, por lo cual sé que el daño psicológico puede llegar a ser muy fuerte-. Y empezó a esforzarse.

Le conté a su maestra y me comentó: “Todos los niños se están esmerando un montón porque quieren ser los siguientes en ser premiados”. No me gustó. Todos obedientitos para que les hagan fiesta. Ni hablar. Hablé con mi hija.

Nos sentamos en un muro afuera del nido, antes de entrar, mientras ella acababa su pan con mantequilla: “Cristinita, lo importante no es la foto. Lo importante es que te esfuerces y sepas que diste lo mejor. Si no ganas el premio, ¿qué más da? Bah…”.

Desde entonces, mi chola no menciona más el famoso panel. De hecho siente envidia, ¿quién no? Pero incluso, un día, contándome acerca de otro concurso, le pregunté quién había ganado, y me dijo que ella se había esforzado mucho. O sea, no ganó, pero tampoco mostró ningún signo de frustración y, al parecer, estaba tranquila con lo hecho. Además, valgan verdades, ella es mosca y sabe en dónde poner sus energías.

Estoy muy orgullosa de ella. No quiero fomentar la pereza ni mucho menos: quiero que se esfuerce por lo que realmente valga la pena. Y que lo haga por ella; que sepa que, como le decía cuando estaba aprendiendo a caminar: “El que se cae, se levanta”, y que sepa por qué levantarse. No por un diploma -que es lindo recibir, pero no puede ser un fin-, ni hablar.

Siento, todos los días y a cada momento, que el mundo nos mira, nos evalúa, nos reta. Tenemos que ser los mejores sí o sí, ganar todos los Cannes o los no sé qué vainas, para ser algo y no perder posicionamiento en el mercado. Nos hemos convertido en marcas y nos valoran no por lo que somos, sino por lo que hacemos. Mi generación ya está fregada, pero de ti y de mí depende que nuestros hijos crezcan con autoestima, seguridad y paz mental. Sin agobios, sin prisas, sin el estrés de miércoles que nos mata, poco a poco, cada día.

Criemos una generación que viva en paz… no puede ser tan difícil…

Los niños también saben consolar

Hace tanto que no escribo. Bueno, no, mi trabajo es escribir, o sea que técnicamente no es cierto, pero ya saben, mamá Majo es la que tiene mucho en su interior y ya es hora de volver a teclear.

A veces pasa -debe haberles ocurrido- que los problemas o dificultades, subjetivas u objetivas, se les juntan. Entonces, sienten que ya no pueden más y experimentan una especie de agobio o burnout. Y se sienten solas -aunque no lo estén-, y se sienten inútiles -aunque sean súper mujeres-, y sienten que si pasan una noche más sin dormir, morirán -aunque su cuerpo se recupere con una siesta de dos horas-. Cuando una está taladrada mentalmente, todos los pensamientos se cuelan y la imaginación fluye, tan rápido como las millones de lágrimas que, de pronto, brotan.

Me pasó hace poco. Quienes son mis amigas, no se preocupen, son tonteras mías -sin las cuales no sería yo, je-. Un domingo, camino a misa, pudieron más mis demonios internos y me puse a llorar. Cristina, que estaba detrás, me dijo: “Mamá, ¿qué te pasa?”. Le contesté que me dolía la cabeza y me consoló con un “no te preocupes, mamá, ya no llores”.

Fue el inicio de una nueva etapa, creo, en su madurez mental y emocional. Y para mí, claro, ¡mi bebé estaba creciendo! Esa noche en concreto, yo sentí que no podía ser, ¿es en serio, fiebre? ¡Ya no más, por favor! Y claro, me fui a mi habitación a llorar. Parece que lo hice con tal fuerza que ella escuchó. Del llanto pasé a la risa cuando gritó, con voz de madre chillon: “¡Aaaaaayyyyy, ¡otra vez estás llorando!!!”. Luego vino y me dijo, esta vez, suavecito: “¿Mamá, qué te pasa? Ven, vamos a mi cama”.

En ese momento, solo me dejé llevar. Ella, que estaba con fiebre, hizo como de Lazarilla me acostó en su cama, a su lado, y no pidió nada: ni leche ni cereal, nada. Solo me miró fijamente y susurró: “Mamá, ¿qué tienes?”. Le contesté: “Titi, me siento sola”. No se le movió un rulo, y con voz pausada, me dijo: “No te preocupes, estás conmigo”.

Increíble. Mi hija de 4 años me estaba haciendo la mejor terapia: la terapia de la empatía. Cuando ya me había calmado, me recordó que papá me ama, que Rafael me ama, que mis hermanos me aman y mis papás también. Y me rascó la cabeza, y me arrulló para que estuviera tranquila.

Pasada la semana, una de mis mejores amigas me dijo: “¿Ya viste que todo es para bien? Estos días difíciles -a Rafael le fue mucho peor con el bendito virus ese- han hecho que descubras que tu hija es madura, saber ponerse en tu lugar y reconoce cuando necesitas ayuda. ¿Ya ves, Majo, cómo no lo haces mal como mamá?”.

Pucha, sí. La verdad es que no lo hago tan mal. Cristina ya sabe cómo dar su corazón,  a cucharitas y con Stevia.

Los gastos (¿necesarios?) de las madres

No hablaré de la leche, los pañales o la ropa interior, qué aburrido. Vamos a recordar, mejor, las cosas lindis y bonis que les compramos a nuestros chukys chiquis… esas que se presentan ante nuestros ojos -porque jamás las buscamos, ¿no? ellas se cruzan en nuestro camino- y nos hacen latir el corazón, chillar discretamente “aaaahhh” y meter la mano a la cartera:

  • El disfraz de Spider Man que incluye disparador de telaraña… y solo usará una vez (bueno, ok, 3 veces).
  • La falda de invierno tipo pollera cool que encontraste en Zara… durante el sudoroso verano.
  • El tutú rojo perfecto para la noche de Navidad… que le quitarás antes de las 8 pm, cuando se quede dormida.
  • El pantalón mil bolsillos tendencia militar… que solo le durará un mes, porque es exactamente la talla que tu bebé churro está a punto de dejar (¡pero está bellísimo!).

Y, por supuesto, ¡los útiles! No me digan que el olor a Vinifan, a caja de colores nuevecitos, a cinta scotch mágica 3M, no les encanta. Mejor aún -todo eso es muy básico-: las crayolas con cera de abeja, la goma escarchada que parece glowstick o la colección de lápices de Princesas.

Confiesen: cuando se trata de los peques, muchas veces, nos desfalcamos. Confiesen que este año han comprado una lonchera nueva sin ser necesaria; que las zapatillas blancas todavía les quedan pero las de Adidas 2017 (o Puma, o Nike, o etc.) nos llenan más los ojos…  ¡Yo, sí!

Lo siento, señora austeridad, lo siento, pero es que la lonchera de mi Cris ya tenía un par de raspaduras… y esta de Ladybug es de modelo ergonómico… y no pesará tanto si además le compro una botellita delgada… y tiene espacio como para poner más de un táper… Está bien, basta de engaños: esa lonchera me hacía la misma ilusión que a ella (o más, porque cuando se la entregué emocionada hasta la histeria, se alegró y luego me dijo: “Mamá, ¿y mi lonchera de Peppa?”).

Todo esto me genera un rollo mental porque mi esposo y yo queremos educar a nuestros hijos en la sobriedad; que solo compren lo necesario, que guarden pan para mayo. Que cuiden las cosas para no tener que descartarlas tan rápido, que lo que ya no se usa y está en buen estado se puede regalar a la gente con menos recursos económicos -más aún: que pueden prescindir o desprenderse de algo valioso y entregarlo, no solo lo que ya no les sirve- y que lo material es bueno en tanto nos ayuda a ser mejores personas. Pero claro: mi ejemplo -lo que más puede educar a un niño- no es, ni de lejos, el mejor.

 

Como dice Cristina: oooookeeeey. Basta ya de mea culpa y más acción. Nueva promesa del 2017: Gastar solo en lo necesario, sin rayar en la tacañería, y usar mi creatividad para tener bellos a mis tesoros. Sí, madres comprantes como yo, creatividad para lucir bien, oler rico y derramar lisura como la Flor de la Canela… porque ser austero (y eso también espero que lo aprendan mis enanos) no quiere decir andar con el mismo pantalón toda la semana o usar solo ganchos de fierro color negro a 50 x 5 soles. No, en este mundo que los hombres hemos puesto feo, donde hay mucha pobreza, maldad, codicia, guerras, alguien tiene que poner la sonrisa y la esperanza adornadas de lazos en el pelo y olor a frutas frescas, para que se adhieran mejor y rindan más.

Oooookey, Majo, a por ello.

Basta de culpas y exigencias, en serio

Estoy releyendo -no, mentira, Siri (la voz del iphone) está leyendo para mí- el libro “Los diez hábitos de las madres felices” (un resumen aquí y si quieres comprarlo, aquí).De verdad, de verdacito, en serio, se los recomiendo. Es como una cachetada de realidad cuando estás en el punto máximo del drama de la maternidad, cuando te sientes una inútil y piensas que sería mejor que otra llene tu lugar.

“No les dedico tiempo suficiente a mis hijos”, “no he sabido enseñarle a comer de todo a Laurita”, “Pablito se resfrió porque no le cambié el polo mojado en la madrugada”, “he descuidado a mis amigas”, “casi no converso con mi esposo”… ¿Les suena conocido? Muchas veces, nos consideramos un desastre por no cumplir con todas las exigencias que nosotras mismas nos imponemos -sí, aunque la exigencia venga de afuera, eres tú quien la acepta-.

Cito a Meg Meeker, pediatra y autora del libro:

“(…) nos parece que no hacemos un trabajo lo suficientemente bueno en ninguno de los ámbitos en los que nos movemos. No porque no seamos buenas en cada uno de ellos, sino porque estamos tratando de hacer demasiado y demasiado bien”.

Mi esposo, cuando me entra el agobio por querer hacer demasiado y demasiado bien, me dice: “Una cosa a la vez”. ¡Una cosa a la vez! ¿Cómo se come eso? Ni con cuchara, ni con cucharita, ni con tenedor. No, señor, las madres no podemos. Mientras damos de comer a uno, planchamos el pantalón del otro y atendemos una llamada del trabajo.

Y yo me pregunto, ¿por qué?

Y yo me respondo: Porque queremos.

Ser mamá es sacrificado, es un dulce sacrifico, en realidad; es un sacrificio que nunca terminamos de agradecer porque nos llena el alma y el corazón… pero en este mundo todo tiene un límite, y no refiero a la entrega, sino a que no podemos seguir haciéndonos daño con nuestro martilleo mental culposo e incesante.

Si desabrigaste a tu bebé y se resfrió, ¿qué? ¿Acaso lo hiciste a propósito? No creo, probablemente pensaste que tenía mucho calor y más bien quisiste aliviarlo. Si llegas a tu casa a las 8:00 pm y tus nenes se duermen 8:30 pm, ¿eres una maldita ausente por esa insulsa media horita en la cual estás con ellos? Tú saliste a tiempo, tú pusiste Waze para llegar lo más pronto posible y no te detuviste a comprar agua, pese a que te morías de sed. Hiciste lo que pudiste, tus hijos necesitan dormir y ellos saben, aunque pienses que no, que los amas.

Haces, hacemos lo que podemos. No podemos más, no somos hadas madrinas y no tenemos que sentirnos culpables por ello. Eso tiene que hacer que te valores, que te sientas muy bien contigo y que confíes en que tus hijos estarán bien. Recuerda: criar con miedo a lo que sentirán, al daño a su autoestima que podemos estar causando, a que nuestra ausencia sea la causa del fracaso escolar, etc. solo te llevará al algo peor: a que todos esos fantasmas se vuelvan de carne y hueso y los atrapen. Ellos siente contigo: si tú estás bien, ellos también; si tú estás estresada, terminarás haciéndoles el daño que tanto temes.

Por eso, cuídate y respétate. Explícales, si están en edad de entender, que mamá necesita un tiempo para bañarse sola y tranquila porque, si no, luego se vuelve un ogro. Si tienes bebecitos muy bebecitos, habla con tu esposo y que lo cuide un rato mientras das una vuelta a la manzana, o miras por la ventana, o te pintas las uñas. Tú no solo eres mamá, eres mujer, y las mujeres somos muy creativas: encuentra tu lugar, tu espacio, y no te sientas egoísta por ello: tus hijos no necesitan a una mamá estresada, agobiada y en el suelo, no. Si quieres que sean felices, tú debes dar el ejemplo.

Por supuesto, en realidad me estoy diciendo todo eso a mí misma. Aplicaré, lo prometo.

 

Foto: <a href=”http://www.freepik.es/foto-gratis/familia-con-un-dibujo-de-lluvia-encima-de-ellos_961196.htm”>Diseñado por Freepik</a>