Criemos hijos con paz mental

Cuando empecé a formarme en Disciplina Positiva, una de las cosas que más me gustó fue el tema de “no premios, no castigos”. Brillante. Siempre me ha reventado el conductismo, el que se enseñe a los niños a esforzarse porque recibirán “algo”, y no por el hecho de que, simplemente, las cosas hay que hacerlas bien y ya está.

Como si el mundo se resumiera en caritas felices o tristes….

Paradójicamente, el nido de mi hija mayor tiene, por tradición, la costumbre de andar entregando diplomas o cositas a los que, por ejemplo, se esfuerzan o cumplen -sabe Dios- la virtud del mes. Una de esas cositas es pegar la foto de los “ganadores” en un panel que está, durante unos días, en la puerta de entrada.

Paréntesis: ¿Por qué elegimos mi esposo y yo ese nido, si esa metodología no nos gusta? Porque no hay nido, ni colegio, ni universidad perfectos. Créanme, lo estudiamos. Pusimos las cosas en una balanza, según nuestro proyecto familiar, y voilá! Apostamos por ese y por sus colegios correspondientes. A lo hecho, pecho.

La primera vez que pusieron el bendito panel, Cristina (mi pioja de 4 años) me dijo : “Mamá, ahí están las chicas del ballet, ¡pero no estoy yo!”. Coincidentemente, las “chicas del ballet” habían ganado ese mes. Por varios días, se sintió mal. Ella quería que su foto estuviese allí. Ella quería recibir el aplauso de la directora y toda la alharaca del asunto -como lo hacía yo de niña, por lo cual sé que el daño psicológico puede llegar a ser muy fuerte-. Y empezó a esforzarse.

Le conté a su maestra y me comentó: “Todos los niños se están esmerando un montón porque quieren ser los siguientes en ser premiados”. No me gustó. Todos obedientitos para que les hagan fiesta. Ni hablar. Hablé con mi hija.

Nos sentamos en un muro afuera del nido, antes de entrar, mientras ella acababa su pan con mantequilla: “Cristinita, lo importante no es la foto. Lo importante es que te esfuerces y sepas que diste lo mejor. Si no ganas el premio, ¿qué más da? Bah…”.

Desde entonces, mi chola no menciona más el famoso panel. De hecho siente envidia, ¿quién no? Pero incluso, un día, contándome acerca de otro concurso, le pregunté quién había ganado, y me dijo que ella se había esforzado mucho. O sea, no ganó, pero tampoco mostró ningún signo de frustración y, al parecer, estaba tranquila con lo hecho. Además, valgan verdades, ella es mosca y sabe en dónde poner sus energías.

Estoy muy orgullosa de ella. No quiero fomentar la pereza ni mucho menos: quiero que se esfuerce por lo que realmente valga la pena. Y que lo haga por ella; que sepa que, como le decía cuando estaba aprendiendo a caminar: “El que se cae, se levanta”, y que sepa por qué levantarse. No por un diploma -que es lindo recibir, pero no puede ser un fin-, ni hablar.

Siento, todos los días y a cada momento, que el mundo nos mira, nos evalúa, nos reta. Tenemos que ser los mejores sí o sí, ganar todos los Cannes o los no sé qué vainas, para ser algo y no perder posicionamiento en el mercado. Nos hemos convertido en marcas y nos valoran no por lo que somos, sino por lo que hacemos. Mi generación ya está fregada, pero de ti y de mí depende que nuestros hijos crezcan con autoestima, seguridad y paz mental. Sin agobios, sin prisas, sin el estrés de miércoles que nos mata, poco a poco, cada día.

Criemos una generación que viva en paz… no puede ser tan difícil…

Basta de culpas y exigencias, en serio

Estoy releyendo -no, mentira, Siri (la voz del iphone) está leyendo para mí- el libro “Los diez hábitos de las madres felices” (un resumen aquí y si quieres comprarlo, aquí).De verdad, de verdacito, en serio, se los recomiendo. Es como una cachetada de realidad cuando estás en el punto máximo del drama de la maternidad, cuando te sientes una inútil y piensas que sería mejor que otra llene tu lugar.

“No les dedico tiempo suficiente a mis hijos”, “no he sabido enseñarle a comer de todo a Laurita”, “Pablito se resfrió porque no le cambié el polo mojado en la madrugada”, “he descuidado a mis amigas”, “casi no converso con mi esposo”… ¿Les suena conocido? Muchas veces, nos consideramos un desastre por no cumplir con todas las exigencias que nosotras mismas nos imponemos -sí, aunque la exigencia venga de afuera, eres tú quien la acepta-.

Cito a Meg Meeker, pediatra y autora del libro:

“(…) nos parece que no hacemos un trabajo lo suficientemente bueno en ninguno de los ámbitos en los que nos movemos. No porque no seamos buenas en cada uno de ellos, sino porque estamos tratando de hacer demasiado y demasiado bien”.

Mi esposo, cuando me entra el agobio por querer hacer demasiado y demasiado bien, me dice: “Una cosa a la vez”. ¡Una cosa a la vez! ¿Cómo se come eso? Ni con cuchara, ni con cucharita, ni con tenedor. No, señor, las madres no podemos. Mientras damos de comer a uno, planchamos el pantalón del otro y atendemos una llamada del trabajo.

Y yo me pregunto, ¿por qué?

Y yo me respondo: Porque queremos.

Ser mamá es sacrificado, es un dulce sacrifico, en realidad; es un sacrificio que nunca terminamos de agradecer porque nos llena el alma y el corazón… pero en este mundo todo tiene un límite, y no refiero a la entrega, sino a que no podemos seguir haciéndonos daño con nuestro martilleo mental culposo e incesante.

Si desabrigaste a tu bebé y se resfrió, ¿qué? ¿Acaso lo hiciste a propósito? No creo, probablemente pensaste que tenía mucho calor y más bien quisiste aliviarlo. Si llegas a tu casa a las 8:00 pm y tus nenes se duermen 8:30 pm, ¿eres una maldita ausente por esa insulsa media horita en la cual estás con ellos? Tú saliste a tiempo, tú pusiste Waze para llegar lo más pronto posible y no te detuviste a comprar agua, pese a que te morías de sed. Hiciste lo que pudiste, tus hijos necesitan dormir y ellos saben, aunque pienses que no, que los amas.

Haces, hacemos lo que podemos. No podemos más, no somos hadas madrinas y no tenemos que sentirnos culpables por ello. Eso tiene que hacer que te valores, que te sientas muy bien contigo y que confíes en que tus hijos estarán bien. Recuerda: criar con miedo a lo que sentirán, al daño a su autoestima que podemos estar causando, a que nuestra ausencia sea la causa del fracaso escolar, etc. solo te llevará al algo peor: a que todos esos fantasmas se vuelvan de carne y hueso y los atrapen. Ellos siente contigo: si tú estás bien, ellos también; si tú estás estresada, terminarás haciéndoles el daño que tanto temes.

Por eso, cuídate y respétate. Explícales, si están en edad de entender, que mamá necesita un tiempo para bañarse sola y tranquila porque, si no, luego se vuelve un ogro. Si tienes bebecitos muy bebecitos, habla con tu esposo y que lo cuide un rato mientras das una vuelta a la manzana, o miras por la ventana, o te pintas las uñas. Tú no solo eres mamá, eres mujer, y las mujeres somos muy creativas: encuentra tu lugar, tu espacio, y no te sientas egoísta por ello: tus hijos no necesitan a una mamá estresada, agobiada y en el suelo, no. Si quieres que sean felices, tú debes dar el ejemplo.

Por supuesto, en realidad me estoy diciendo todo eso a mí misma. Aplicaré, lo prometo.

 

Foto: <a href=”http://www.freepik.es/foto-gratis/familia-con-un-dibujo-de-lluvia-encima-de-ellos_961196.htm”>Diseñado por Freepik</a>

Cristina, nombre con alas

Aún recuerdo a mi pomponcita cuando era pomponcita, y los 15 días que me pasé llorando por la famosa maternity blues. Encima, ¡encima!, mi hermana le cantaba a mi bebé una canción tan dulce, con su voz también dulce, que mis lágrimas podían regar el jardín del parque Kennedy.
Hace un rato, mi Cris, ya de 3 para casi 4, me dice en su cama: “Mamá, cuando cierre mis ojos, me cantas una canción”. Empecé con una de Miliki y luego recordé la famosa lacrimógena.
– Hijita, ¿quieres que te cante la canción de la tía Lupita cuando eras bebecita?
– ¡Sí! (con la emoción en modo MEGA).
La busqué en YouTube -no me sabía la letra, je- y luego de un par de prácticas fallidas, recordé el coro. ¡Cómo olvidarlo! Y estúpidamente me puse a llorar. Y mojé el mouse de mi Mac -¡sobrevive, paaaar favaaaar!- y, a los pocos, muy pocos minutos, se quedó dormida.
Sigo llorando, claro está, malditas hormonas.
Limpiados los mocos, puedo entender que “Cristina, calorcito tibio, Cristina, pedacito de alma” me ha dejado un mensaje en la botella, y esta ya llegó a la orilla -más lenteja yo-. Lo que mi gorda espera de mí cuando hace pataletas es tan solo un rato de compañía tierna, no de estarla fastidiando con que haz esto o lo otro. Un “déjame en paz y abrázame, que para eso eres mi mamá”.
Lo sé, lo sé, también necesita límites, firmeza y bla bla, pero todo tiene su momento para desplegarse y su forma. Como las alas del nombre de mi princesa.
PD: La canción es “Brisa”, de la novela Verano del 98 -no se admiten burlas, je-.

Cuando llega la tarde, pero tu cuerpo pide noche

A veces pareciera que mis hijos se ponen de acuerdo para llorar cuando llego a casa en la noche, después del trabajo. Primero ríen, se me tiran encima y luego waaaaaaaaaaa, mamáaaa, quiero que peines a Blanca Nieves (Cristina); waaaaa, agu agu sha sha beeehhh (Rafael). Sí, lo sé, me quieren y me extrañaron y yo también mucho a ellos. Me los comería a besos cada vez que entro y mi gordita dice “¡Llegó mamáaaa!”, se siente súper reconfortante. Pero pffff, ¡por qué tienen que llorar justo cuando mi esposo está entrando en crisis debido al desorden, y lo único que yo quiero en el mundo es devorarme el refrigerador! Buahhhh…

Ommmm… Disciplina Positiva a la vista. Majo, tienes que prepararte para ir a casa. No solo vienen los llantos, también te esperan con los brazos abiertos los jarabes, inhaladores, la cena que no quieren, la pijama que les da calor, los gases, la alergia y 80 Barbies a las que acostar.

mama-cansada

Camino rezando. No, je, no pido que haya paz en la casa, en realidad converso con Papá Dios del día, de lo que fue bien, de lo que no fue tan bien, de Gaby, de mis ganas de ser mejor mamá y de lo fracasada que a veces me siento en el intento. Y aunque no lo crean, Él me contesta diciéndome que basta con que ponga mucho amor en lo que hago, pero no sé por qué aún no me termino de convencer, y sigo sufriendo por la ropa que no guardé, la comida nutritiva que no preparé y los detalles con mi esposo que olvidé.

Volvamos a la casa. No llego resplandeciente como flor -es el final del día y ¡soy humana!-, pero Pancho, mi ángel de la guarda, entra conmigo haciéndome masajes para la dulce batalla.

Acaba la tarde-noche, los ñaños se durmieron. Y de pronto, al verlos dormiditos -¡qué ricos que son!-, vuelvo a tener ganas de comérmelos a besos, me siento la madre más afortunada del mundo, desaparecen las frustraciones, abrazo a mi esposo y caemos dormidos como árboles que no mueren de pie.

Y si fallas, ¿qué?

¿Vacaciones para descansar? Las wiflas. Claro, si asumes el descanso como un cambio de actividad, la cosa cambia, pero no siempre es el caso.

La semana pasada me pedí vacaciones para arreglar mi casa en plan “bota, regala, saca, mueran ácaros” y estar más tiempo con mis chamacos. Pero el viaje a Sodimac fue una tarde completa, otro día le dio otitis a Cris, entonces hubo que ir al médico, y encima también le tocó a Rafael -salía de bronquitis- y así las cosas casi no cumplí el objetivo y claro… Me estresé. Miss Perfection entró en crisis porque la casa terminó peor de lo que estaba.

El milimetro de paciencia que me quedó no me permitió honrar mi promesa de aplicar Disciplina Positiva con mis hijos: Hasta a Rafael, de 6 meses, le cayó grito más de una vez. Ni las pestañas postizas ni las uñas acrílicas que me puse para supuestamente relajarme fueron suficientes. Estaba fallando, pfff, mmmff… Qué desilusión.

Soberbia pura. ¡Qué puñetas si fallaba! Yo siempre le digo a Cris: El que se cae, se levanta. Como el Ave Fénix. Pa lante, amiga.

Disciplina positiva

El día en que ya no pude más con mis demonios internos, juuuusto Cristina hizo algo que me molestó muchísimo -más de lo normal, dado que estaba en estado “mamá reptil”. Le hablé fuerte a mi chiquita y ella lloró pidiendo que la abrazara. Decidí volver a tomar las riendas de mi camino en la DP, calmarme y recomenzar.

Por respeto a mí, a lo mal que me sentía y precisamente por ello, creí que no era oportuno ni abrazarla, ni corregirla, ni conversar. Me agaché y le dije en tono calmado:

– Mamá se siente mal, muy enfadada, vamos a esperar que me pase y conversamos, ¿ya?
– Ya.
– Nos sentamos juntas tranquilas mientras me calmo, ¿ya?
– Ya.

No sé cómo pero respetó, sin mucho verso. Quizá fue el tono, no sé bien.

Más calmada -ehhh, tampoco es que me tomé una hora, je-, hablamos.

– Hijita, me molestó mucho eso que hiciste. Te quiero mucho, te amo.
– Lo siento, mamá.

Corto y sencillo. Tiene 3 años, no se valen los sermones. Solo quería que supiera que la amo se porte bien o mal. Amor incondicional. No mencioné mucho “la falta” porque pensé que sería mejor corregirlo de otra manera, con una estrategia más a largo plazo como para no que ella no asocie “me porto bien – mamá no se molesta – mamá me abraza”. Es que no quiero que haga las cosas para contentarme, sino por su bien y felicidad, aunque al comienzo no sea muy consciente de ello.

Retrocedí 3 pasos y avancé 1. Mejor que nada, ¿no? 😉