“Prepara a Cris para la llegada del bebé”. Sí, seguro.

Al estilo de Bart Simpson, voy a escribir en una pizarra: “No existe manual para ser mamá, no existe manual para ser mamá, no existe manual para ser mamá…”. A ver si así se me graba.

bart

 

Acto seguido, escribiré: “No puedes aplicar todos los consejos, no puedes aplicar todos los consejos, no puedes aplicar todos los consejos…”. A ver si así me siento mejor de no poder aplicar todos los consejos.

Cuando me enteré de que esperaba el segundo bebé, muchas personas me dijeron: “Tienes que ir preparando a Cristina”. Creo que lo hice tan bien que logré el efecto contrario: Cristina está 100% consciente del tema -lo que significa que lo estará 200% cuando nazca el peque- y como no es tonta, está marcando su territorio no solo con pichita -malditos pañales que no aguantan las descargas-, sino con una mamitis sin tregua.

niña con celos

¿Cómo se prepara a la hija mayor cuando esta no se hace más que gritar sin palabras: “Mamá, no me dejes de querer, no me dejes de cuidar, ¡quiero seguir siendo tu princesa!?”.

Mi hermano menor nació cuando yo tenía 5 años. Mi mamá me contó que me puse muy celosa y dejé de comer. Yo solo recuerdo que todo el día tenía náuseas y que quería causa de atún, pero nadie entendía mi descripción del plato, ja. De lo que sí me acuerdo es que desde algún momento de la historia, mi hermanito se volvió mi engreído, mi bebé.

“Tu hermano es un vil gusano que se hace caca” parece que fue el remedio. Según mi mamá, un amigo de la familia le recomendó pronunciar semejante frase delante de mí.

Las estrategias se me van agotando y necesito ver la luz o que me caiga una manzana en la cabeza. Mientras descubro la fórmula ad hoc, seguiré agradeciendo los libros y los consejos. Por más que en mi pizarra aparezca que no existen manuales y que no siempre se pueden aplicar los consejos, las grandes obras nacen de una idea.

No sé cómo ser mamá de un niño

Ni bien me eché en la camilla, le dije a Foncho, mi doctor: “¿Me dirás hoy si es hombre o mujer?”. Y con su característico escepticismo, contestó: “No sé”.

Qué alivio, al menos había un 50% de posibilidades de saberlo ese día.

No pasaron ni tres minutos cuando comentó entusiasmado: “Hombre, al 100%”. Emoción total. ¡Yo quería el hombrecito, para que acompañe a Raúl mientras Cris y yo nos vamos de shopping, y para vestirlo de Batman, y zas, zas..!

mama de dos niños

Wait. Llevo dos años criando a una niña. ¡No sé cómo criar a un niño!

No sé cómo es eso de la circuncisión…

No sé cómo no pegarle mis modos femeninos…

No sé cómo poner parches a un pantalón…

No sé cómo cambiar el pañal salvando el peligro inminente de que me echen pichi en la cara…

¡No sé qué nombre ponerle! 

Y siguen los no sés.

Solo sé que le dejaré crecer los rulos para que parezca Puyol.

puyol

Que no le impondré ser hincha de Alianza Lima -pero sí del Barcelona, como su papá-.

Y que desde ya le pondré música suavecita para que nazca relajado, peace and love (¿Nevermind de Nirvana será una buena opción? Je).

nevermind

 

 

Embarazo = histeria

Atrás quedaron los tiempos en los cuales una mujer embarazada era símbolo de dulzura, ternura, fragilidad. Ahora, cualquier pequeño acto explosivo que a una se le ocurra tener, es explicado con la frase: “Es que está embarazada”.

El otro día, una persona le contó a la otra que su vuelo de avión estuvo mal porque “justo, para mi mala suerte, ¡me tocó una embarazada al costado!”. Ni qué decir de la pena que se siente por los maridos, “pobre, lo que debes estar aguantando”.

mujeres histéricas

No pretendo, la verdad, emitir una defensa. El paradigma es totalmente cierto, ya que pocas son las que no sufren las consecuencias de la progesterona y demás amiguitas. Prueba de ello es que mientras escribo esto, quiero llorar desconsoladamente. Y a la vez, siento ganas de reír, de dormir, y de volver a llorar. La locura emotiva prenatal es parte inherente de nosotras, real, no es publicidad de polvo vitamínico ni de mami linda tejiendo ropones. Sí, somos histéricas y nos encantaría clavarle un lápiz en la mano a quien se atreve a contradecirnos.

Cuando ya tienes otro u otros peques, ya no solo eres histérica: además eres bipolar. Con los niños, escondes a Hulk y sacas la dulce pinky winky mother que eres -mientras no empiecen los berrinches, claro está-. Eso, obvio, no se entiende: una mujer embarazada no es capaz de autocontrolarse, así que la única explicación de esta actitud tan conveniente para sus hijos es que está más zafada de lo que se pensaba. Una conclusión 100% matemática.

Confieso que todo esto no me molesta. Lo que me molesta es que la misma vara no nos mide a la hora de la verdad. Para las cosas serias, para el trabajo duro y parejo en casa o fuera de ella, no hay tregua, no hay histeria ni locura: Haz todo lo que tienes que hacer, mamita, cualquier esquina es buena para vomitar, “chupa limón, pues”, “mejor no pienses en lo que sientes”.

Bueno fuera, cuando estamos absolutamente exhaustas, que el mundo pensara que el remedio para la histeria es una reparadora siesta. Yo, al menos, la agradecería tanto.

Ya había olvidado lo que es estar embarazada

Ya había olvidado lo que es estar embarazada. Con tan solo dos años de diferencia, no recordaba los ascos matutinos -ni vespertinos, ni nochecinos-, el sueño power o las ganas de clavarle un lápiz a los taxistas que cierran el paso. Menos aún que la pila se escapa desde las primeras semanas -“pañal mamá” le llama Cristina a mis protectores higiénicos, que ahora hay que comprar por ciento- y que Batman + Robin se llaman ahora Primperán + galletas de soda. Es que dicen que cuando nace el peque, los oscuros 9 meses transcurridos se almacenan en un lugar recóndito de la memoria -felizmente-.

sintomas embarazo

Luego de tener a Cris, me prometí que en el siguiente embarazo luciría regia y todas dirían: “Así quiero estar yo cuando salga embarazada”. No tanto por un tema de vanidad, sino porque es realmente un tiempo en el cual una mujer es más especial que nunca: ¡alberga una vida en su interior! Hoy siento que estoy lejos de mi fashion goal: ha aparecido el botón-liga y la blusa ancha que todo lo disimula, pero no pinta nada. Qué frustración.

Como en la película “What to expect when you are expecting”, donde sin duda, me siento como Wendy Cooper:

¿Saben qué es lo que me anima en la tormenta? El cariño de la gente. Es lindo que se preocupen por una, pero más lindo es saber que puedes despertar en las personas un espíritu de entrega, de servicio y hasta de compasión. Que con solo ser, puedes hacer que los demás descubran su lado amable y su mejor yo.

Y también me anima, claro está, pensar que mi bebé nacerá rodeado de mucho amor… aunque hoy yo sea pura progesterona.

¡Y llegó el segundo!

test de orina

Hace poco, creo que en mayo, escribí sobre la pena que sentía al no llegar mi segundo bebé. Moría de ganas por que viniera ya, sobre todo por mi Cris: ella realmente necesita un hermano. Es una pioja con tanta energía, con tanto espíritu, con tanta alegría y sensibilidad en su pequeño interior, que es imposible pensarla sin un compañero de chilingui.

Y aquí estoy, otra vez, hecha un entresijo de sentimientos; estoy -todo al mismo tiempo-: feliz, asustada, ansiosa, somnolienta, gasífera, ilusionada, segura, insegura, llorosa, risueña, eufórica… y llena de amor.

No pensé que fuera a llegar tan solo unos días después del aquel pacto que hice con un santo, don Álvaro del Portillo, para que le jalara el vestido a la Virgencita y le dijera: “Ya pues, no hay primera sin segunda. Suelta ya al nuevo angelito Hidalgo”. Los días previos a enterarme, tal como ocurrió con Cristina, empezaron los síntomas resumidos en sueño y gases, gases y sueño. No quería ilusionarme, no, no y no. Diosito sabía más y llegaría en el momento justo. Ya ni me acordaba cuándo era el momento indicado para hacerme el test de orina y, de pronto, me vi de nuevo mirando páginas para embarazadas. Una noche, cayó una cosilla marrón. “Ya fue, me vino. Buah”. Al día siguiente, la cosilla no apareció, y tampoco el día después. ¿Sería cierto? Hice la pilita cuando calculé que no podría haber falso negativo y oh, oh, oh… ¡panza llena!

Ya van 7 semanas y cada día es más agotador que el anterior. No estoy diciendo, claro, que me arrepienta o algo por el estilo, ¡jamás!, pero la verdad es que trabajar, atender la casa y a Raúl y a Cristina no le alcanzan a mi cuerpito. Peco de exagerada si pienso en una de mis mejores amigas que tiene 11 hijos, sin embargo, a cada uno lo suyo: ella es una santa; yo, aún no.

Cuando eres primeriza, puedes despanzurrarte y pedir pizza. Que se caiga el mundo y espere si quiere. Con una pioja de 2 años… tienes que cocinar, lavar, hacer la tarea del nido y esconder las hormonas debajo de la almohadaaaaa, buahhh… Respira, aguanta un segundo y respira.

Más encima: no tengo panza pero la ropa ya no me queda. O sea, casi me provoca ponerme un cartel que diga: “Estoy embarazada, ya deja de preguntarte en qué momento me engordé así y por qué uso esta blusa suelta”. Jum.

Con todo y bajo riesgo de parecer loca, puedo decir que es maravilloso sentir que se te caen los ojos de sueño o las lágrimas de más, porque resbalan sobre tu cachete suavecito gracias a la progesterona y son el mejor santo y seña de que eres una luz andante, de que eres (o vuelves a ser) mamá en camino.