Familia, ¿puedo ir a la pelu?

matriaventuras

Cada vez que voy a la pelu, a mi pelu -donde me conocen, me entienden, me quieren y me hacen descuento-, me preguntan: “¿Adónde te vas hoy?”. Como cualquiera, tienen la idea de que me arreglo la cabeza por algún evento especial. Cuando respondo “nada, no tengo nada”, María me dice: “Mmm, entonces te estás arreglando para dormir”.

La verdad es que, desde que era soltera y sabrosa, hacía lo mismo. Iba de noche a la pelu de María para ver tele un rato y luego relajarme: lavadita de pelo, planchado… Ahora, comprenderán, son momentos “de lujo” aquellos en los cuales puedo permitirme un 20% de eso, pero me esfuerzo -sí, ¡esfuerzo! ¿Les suena conocido?- por lograrlo ya que realmente lo considero algo necesario para comerme el mundo con swing, swing, swing.

Pero en algún momento dudé si valía la pena.

Entonces, le dije al sacerdote con el cual me confieso que no sabía si era egoísta dedicar tiempo a mí misma (las que no podemos ver a nuestros hijos todo el día, sentimos que cada minuto fuera de la oficina tiene que ser sí o sí para nuestra familia). Me dijo: “Haz un rato de oración -conversa con Dios- todos los días, y luego haz lo que quieras con tu imagen”.

Mmm…

Se lo conté a Dios. ¿Parque o peluquería?

Me dijo: Peluquería con Raúl y Cris. Plop.

Mujeres de bien: todas necesitamos un momento para nosotras, pero eso no es necesariamente excluyente del tiempo que le debemos -¡y queremos!- dedicar a nuestra familia. Lo comprobé ayer: mientras me planchaban la cabeza, Raúl y Cris se dieron una vuelta, miraron revistas y hasta hubo cambiada de pañal y abrazos protectores del horroroso sonido de las secadoras. Estrechamiento de vínculo, le llaman.

Sí, puedes ir a la pelu o hacer lo que te relaje con ellos alrededor. No te sientas culpable por ello, al hacerlo, te estás creyendo que no pueden vivir sin ti y no tiene por qué ser así. Solo no olvides una cosa: Ya peinada, prepara un kekazo, agarra tu mat y llévalos al malecón: porque, antes que por ti, te endorfineaste por ellos, para darles lo mejor de ti.

Cuando toca reír, llorar, esperar

Finalmente, empezó el año escolar. Se acabaron los talleres de verano, aunque el calor todavía siga pegándose a la ropa sin piedad. Y así, contra sol y rayos ultravioleta, muchos papás y mamás peregrinaron de librería en librería buscando todos los materiales de la famosa lista de útiles. Como madre primeriza en todo sentido, no sabía que los stocks eran limitados, por lo cual me quedé sin comprar un rompecabezas de piezas grandes. Qué tragedia.

Todavía me sigo preguntando por qué matriculé a Cris ya desde este año, con los 2 años todavía no cumplidos. O sea, que está en el aula de 1 año. Podía ahorrarme el dinero de la matrícula, pensiones, uniformes, libros y hasta del rompecabezas. Pero creo que Raúl y yo tomamos una buena decisión. Mi niña es muy despierta y está en la edad perfecta para potenciar sus habilidades, de todo tipo. De adquirir buenos hábitos, además, que no es poco. De tener un aliado en su educación, que empieza por casa. Pensamos, si podemos hacer un esfuerzo económico para ayudarla a madurar, a crecer con otros niños (mientras llega el hermanito, que es un demorón, je), a crecer nosotros mismos como padres, ¿por qué no? Pa’ lante, comandante.

Y el primer día fue hoy.

Cris apurando a papá. ¡Ya vámonos!". Me saltó la lágrima.
Cris apurando a papá. ¡Ya vámonos!”. Me saltó la lágrima.

Dilema: Llevarla o no llevarla (yo). Todas las mamás lo harán. Podré dejar una raya oscura en su memoria si no lo hago. Soy la madre. Se resentirá conmigo si no estoy con ella. Ok, basta.

Mi marido y yo decidimos estratégicamente que yo no iría. Ouch. Si yo iba, Cris esperaría al día siguiente que ocurriera lo mismo y la hora de decir hasta luego, en unos días, resonaría cuatro cuadras a la redonda. “¡¡¡Mamáaaaaaa!!!”. Pare de sufrir. Usemos la inteligencia: Cris necesita ir, durante la semana de inducción, con alguien conocido. Ese alguien conocido no puede ser mamitis, ni abuelitis, ni nanitis, ni ninguna inflamación por el estilo que terminaría por causarle laringitis de tanto llanto. Persona ideal: un hombre. Es decir… ¡papá! Además de que él no lloraría con ella, fortalecerían lazos, se convertiría en su héroe. Bingo.

Pero del dicho al hecho…

Me costó, nos costó. Para él, todo sería nuevo. Para mí, todo sería silencio y espera. Despedí a mi hija quien, contra todo pronóstico, se fue feliz, vestida en su impecable uniforme azul y blanco. Llegué a mi trabajo, busqué la capilla. Lloré. Yo era la mamá, yo debía estar ahí. No, no debía, habíamos hecho lo correcto. Fuerza, Majo. Cristina aprenderá a ser fuerte, a saber que lo que vale, cuesta, y que puede confiar en otras personas además de su apapachadora familia cercana.

El final de la jornada fue exitoso. No hubo dramas, fue feliz. Y yo, aunque con el corazón hecho tiritas, puedo decir: tarea (del primer día) cumplida. A por más, mis valientes.

Sí: solo tú, que lo has vivido, puedes entender este post.

Haciendo caja común

Todo lo tuyo es mío y todo lo mío es tuyo.

¿Es en serio? Mi tan preciada independencia económica, ¿ya fue?

En su momento no lo verbalicé, pero cuando me casé sí que sentí pánico ante lo que yo misma había decidido hacer: compartirlo todo con mi marido (incluso mis tarjetas de crédito).

Llevaba años decidiendo sola qué debía comprar y qué no. Al casarnos, a Raúl y a mí nos quedó claro que nos aseguraría muchos años de matrimonio vivir con humildad, total espíritu de entrega y transparencia. Pucha. Cuesta un montón, pero les aseguro que una vive tranquila, al menos económicamente, porque te sientes apoyada y porque ves que todo en casa funciona mejor.

Deben pensar que estoy loca, y realmente lo estoy: ¿Consultar con mi marido si puedo comprarme tal o cual pantalón? Es un mini parto ese asunto, ya que para muchos hombres -como el mío- es inútil a la peluquería, “si siempre estás bonita, no hace falta” (por no pagar las 20 lucas de la cepillada, claro). Grrr.

Sin embargo, el único contra de esto es ese mal rato cuando miras una cartera y él dice: “¡Pero si tienes 20!”. Luego, el asunto del ceder es un win-win para la familia, ya que en el esfuerzo por lograr la aceptación del otro, una -sobre todo si es adicta a las tiendas- va filtrando necesidades y caprichos. Así, todo lo que hay en casa, en tu closet y en el de tus hijos, tiene un porqué. Además, los peques van observando el ejemplo de ahorro, de austeridad, de desprendimiento y de amor entre papá y mamá. Ellos, chiquitos o grandes, ven cuando papá “resigna” una parte del presupuesto para tener un detalle con mamá, o cuando mamá se priva de los lindos zapatos flatform que una amiga trajo de USA para preparar ricos postres en la semana (está cara la harina). No son tontos, todo chequean.

En estos casi 3 años de casada que llevo, pienso que el dinero, vil metal que a otros desune, a nosotros nos ha unido más: en equipo, hemos aprendido un poco cómo domar a la fiera para que nunca rompa nuestra grandiosa unidad.

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La novela de la mudanza

Peace and love. All you need is love. No woman no cry. Me encantaría saber si los tíos que escribieron estas inspiradoras canciones tuvieron alguna vez que buscar depa, auto y comenzar un nuevo trabajo, todo al mismo tiempo.

Un depa hermoso, de buen precio, un día apareció. Y su dueña, la bruja del 71, me hizo ir a la comisaría a sacar antecedentes policiales… Para decirnos, al final, que quería que le pagáramos el año completo. Casi vuelvo a la comisaría, pero con ella de los pelos. Poco antes, conocimos a un bello PT Cruiser Chrysler. Mi sueño vintage… que no podíamos pagar.

Y así, una y otra. Y resonó ya no una canción, sino una frase de San Agustín, a cuyo fan club pertenezco: “La oración es la fortaleza de los hombres y la debilidad de Dios”. Buscamos entonces alguien que nos hiciera la gauchada en el Cielo y el llamado fue un señor santo (aunque no está canonizado) que se llama Isidoro Zorzano. Un tigre el hombre. Rezamos, y rezamos, y hoy ya tenemos depa para alquilar y auto.

Pero como los seres humanos somos tontos, yo estoy aquí con insomnio, entre cajas y ropa recién lavada para embalar, dando vueltas sobre la tarjeta de propiedad, los bancos, la deco del cuarto que mi Cris al fin tendrá…

O sea, estoy estresada. O sea, tengo a mi esposo que es un amor, pero yo necesito, hoy y ahora, un empático abrazo y un “ya falta poco, ustedes pueden”. Si alguien se anima, ya sabe dónde encontrarme.

¡Mucho gusto!

No quizás, sino de hecho te preguntarás: “¿Quién es esta que me viene a hablar de sus aventuras matrimoniales?”. Bueno, pues, me presento: mi nombre es María José, pero la gente me suele decir “Majo”. Cuestión de ahorrarse dos sílabas, cuestión de confianza… como diría el Chavo del Ocho, beto a saber. Yo simplemente soy, para los amigos y para ti, La Majo.

Comencé a escribir sobre temas del Orinoco, que tú no sabes y yo tampoco, en http://madeinmajo.wordpress.com. Luego, me ganó la vida y me mantuve en silencio durante dos largos años. ¡Demasiado tiempo! Dejé de lado el sueño y traje de vuelta mis sueños, y aquí estoy. Continuaré con mi hijo madeinmajo, pero estoy dando a luz otro, Matriaventuras. ¿Por qué? Pues porque me acabo de casar y esto es algo tan alucinante que no puedo dejar de compartirlo en su propio espacio.

Creo que es de justicia aclarar que otra de las razones de este blog es que mi relación con Raúl, mi esposo, fue, es y sigue siendo toda una aventura. Si quieres enterarte, sigue leyendo. Si no, sigue leyendo tu mail, tu facebook o continúa en lo que estabas. Te recomiendo que te quedes… estará bueno esto.

Él es español, yo soy peruana. Él fue, en tierras oscenses, un aburrido funcionario. Yo soy una hiperactiva comunicadora mil oficios. Él tiene la paciencia de San José… yo tengo la impaciencia de una rana. Y así caminamos por la vida juntos desde un 23 de agosto de 2009, porque fueron justamente nuestras marcadas diferencias -y el plan de Papá Dios, he de reconocer- los que nos unieron y hacen que hoy, mientras escribo estas líneas, él esté tratando de preparar una ensalada mata-hambre que nos llene el buche antes de dormir.

Nos conocimos en una página web, www.solterosdelavemaria.com. Sí, exacto, somos católicos y queríamos conocer católicos… pero de nuestro país. No, no era por falta de “recursos nacionales”. En ambos casos fue, digamos, por curiosidad. Tal es así que 3 años después de inscribirme, cierto aburrido domingo de marzo decidí ver qué novedades había. Y me encontré con él… y nueve más. Por supuesto, les escribí a todos un par de líneas para probar suerte. Tic tac, tic tac… 4 meses transcurrieron antes de recibir la respuesta de THE ONE. En el interín, él estuvo con novia, yo tuve algunos amagos románticos y así, una soleadísima y extenuante tarde, refundida en la selva peruana por cuestiones de trabajo, el internet satelital de la zona me envió un mail con, exactamente, línea y un cuarto. Era él preguntándome si todavía seguía disponible. Comenzamos a chatear. Era algo aburrido el muchacho, y encima días después me envió un correo, cuando yo ya había vuelto a Lima, para decirme unas burradas acerca de por qué no podríamos estar juntos nunca. Bien jaliscamente, le contesté y a ver, pues, si puedes contra este poder en miniatura (mido escasos 1.52 m). Más que contarnos nuestras virtudes, hablamos de nuestros defectos y handicaps. Total, que terminamos como grandes amigos. Amigos simplemente amigos y nada más. Mientras él se carteaba con no sé cuántas, yo salía con un tipo simpaticón que resultó teniendo media neurona activa. Pobre muchacho. Aproveché una pelea tras la cual me dijo “creo que no debemos vernos un tiempo” para zafarme del asunto. “Sí, sí, claro, es lo mejor”. Bloqueo automático y cerrado el tema. Raúl seguía siendo parte de mi día a día, porque siempre encontrábamos la forma de hablar; hasta que una noche, manejando mi auto rumbo a casa, el disco sonó. “Quién diría, que daría mi vida por ti…”. Uy, uy… me estaba gustando… no, peor… me estaba enamorando. Majo, usa la razón. Está muy lejos, it´s impossible. Pero impossible is nothing, dicen los publicitarios de don Adi Dassler, y decidí conquistarlo, sacarle el compromiso de iniciar la relación. Viejos tiempos aquellos de esperar en el balcón. Salí a la carga y poco caso me hizo. Tenía demasiado miedo de perder (él). Yo, ninguno, ¡había perdido tantas veces en la vida! Una mañana, como de costumbre, me despedí diciéndole “te quiero”. Y como ya se había hecho costumbre, esperaba su silencio. Pero no. Contestó “yo también”. My God. Asumió el riesgo y para adelante.

Lo que vino después fue conocernos cara a cara, en diciembre de ese año, luego de Navidad. La nerviosa espera en el aeropuerto de Lima, la llegada de un valiente que luchó contra todo y contra todos para venir a comprobar que esto era más que un sueño de dos chicos con su globo en el parque. Una segunda venida -en la cual me pidió matrimonio-, una tercera venida -con hermano incluido-. Una ida a España mía, sacada bajo la manga, que terminó en un “tú y yo solos contra el mundo”, mientras mi papá en Perú casi perdía la vida. Decidimos que fuera yo a vivir a España y casarnos. Postulé a N becas y ninguna salió. Resultado: sí, tuvo que venir él. Negado al principio, no quedaba de otra. Pasó un año desde su viaje definitivo antes de casarnos. Fue un año en el cual nos conocimos al punto de reafirmar que éramos, nada de “y si fuera ella”, ya estaba la cosa hecha. Y, valgan verdades, estaba hecha por Dios. Todo lo que tuvimos que pasar para mantener la relación y no dejar que nadie nos separara fue muy fuerte. Si Papá con P mayúscula no hubiera estado ahí… yo no estaría en esta cama, ni con este aragonés personaje al lado mío. Qué bendición.

Poco a poco te iré contando más detalles -los jocosos y alguno que otro penoso, para que veas que se puede salir adelante siempre- de este tiempo a su lado. Por ahora, baste esta pequeña síntesis. La ensalada me dejó con hambre pero el amor que le puso llenó el corazón. Barriga llena, corazón contento, dicen. En este caso, “barriga vacía, corazón conmovido”. Suficiente. Total, siempre habrá pan o galletas para consolarla.