Gaby en el Cielo

Gabriela Olivo, la mamá más guerrera que he conocido en mi vida, partió al Cielo el 17 de febrero de este año. Un día como hoy, cumpliría un año más de vida, vida por la que luchó y que ahora goza eternamente con Papá Dios.

A las 20 semanas de gestación de su segundo bebé, recibió la noticia de que tenía cáncer de seno. Debido a su condición, solo pudo recibir un tratamiento parcial. Tiempo antes de culminar el embarazo, dio a luz a su hijo de manera natural y milagrosamente favorable para los dos.

Nico, «el bebé milagro», como le llamó cierta vez una enfermera, tiene hoy casi dos años y es un niño sano que, como dice su abuela Cruzana –mamá de Gaby– no para de reír.

Luego de arduos tratamientos, fue operada en diciembre de 2015 para extirparle el tumor. Por esos días, escribió: «Una vez más, ¡gracias! Agradezco por ese agente extraño que vino hace más de 6 meses a cambiarnos la vida. Sí, no solo me la cambió a mí sino a toda mi familia y a muchas personas cercanas, y todos los cambios fueron para bien».

Una nueva batalla

Cuando ya el peligro parecía haberse alejado, en setiembre de 2016 escribió: «Unos dolores de cabeza extremadamente fuertes me llevaron de regreso a la clínica y fue ahí cuando un nuevo diagnóstico me haría entender que el triunfo pasado era una simple batalla más. Las células cancerígenas habían hecho metástasis y se habían alojado en mi cerebro, en una zona muy complicada de operar (…)». Dirigiéndose a Dios, con toda la fe que la caracterizó siempre, dijo también: «Hoy te pido por mi salud, lo ofrezco por mi país. Ayer tuve mucho miedo y me sentía realmente cansada, pero hoy sé que la Virgen está cerca y acompañándome. Mil veces lo atacaremos».

Gaby se sometió a todos los tratamientos posibles y, como sucede en estos casos, su salud se fue deteriorando paulatinamente. Los dolores de cabeza eran cada vez más intensos y perdió mucho peso. Fue cuando pidió a todos sus amigos –cientos, miles quizá– que pidieran el milagro de su curación al Dr. José Gregorio Hernández, venerable siervo de Dios venezolano, y a la Virgen de Coromoto.

«¡El Cielo está de fiesta!»

Durante los casi dos años que duró su enfermedad, Gaby mostró una entereza inigualable. Desde que la conocí, antes de que enfermara, nunca la vi triste o sintiéndose víctima. Con toda la naturalidad del mundo, contaba del tamaño de su tumor, de que cómo eran sus quimios y de lo bella que era la clínica en la cual dio a luz. Y listo, no más: luego me preguntaba por mi embarazo –estuvimos encinta al mismo tiempo–, hablábamos de lo inquietas que eran nuestras hijas y del nombre que le pondría a su segundo bebé. Además, fue parte de «Madres Patas», una comunidad que formé con fines de soporte, de apapacho y de apoyo entre mamás. Hasta pocos días antes de perder el movimiento de su cuerpo, intercambió mensajes con todas. Aunque muchas no llegaron a conocerla en persona, rezaron muchísimo por su curación e incluso juntaron dinero para ayudar en lo que fuera necesario.

Cómo olvidar que, estando aún en tratamiento, logró que la joven que trabajaba en su casa fuera operada de labio leporino. Y no solo eso: en el hospital, durante el postoperatorio de la chica, conoció a Alonzo, un niño con Síndrome de Down. El pequeño había sido abandonado por sus padres, pero recogido y criado por unas buenas personas que, lamentablemente, no tenían recursos económicos. Generosa como nadie, nos pidió una silla de comer y pañales. Ella misma, el día de su último cumpleaños, los llevó a la casa del pequeño. En su Facebook, publicó: «Él es Alonzo y tengo el privilegio de compartir mi cumple con él, vino a mostrar el milagro de la vida y despertar la generosidad: necesitaba una silla de comer y apenas lo comenté, vino alguien ¡y la donó! Así que Alonzo recibió un lindo regalo de cumple, ¡y yo también!».

Una fe del tamaño de un planeta

Gaby tenía tal don de gentes que hacía amigos hasta en los semáforos. Al final de su enfermedad, todo aquel que sabía de su historia –niños y adultos– de Venezuela, Estados Unidos, España y otros países, estuvieron pendientes y al pie del cañón. Novena tras novena, la fortaleza de su familia (nuclear y de sangre) fue creciendo. Cuando tomó la mano de Dios, su mamá escribió: «Queríamos la curación de Gaby, se logró. Está en el Cielo sin dolor alguno. ¡El Cielo está de fiesta!».

Antes de partir, Gaby escribió: «El milagro se hizo: oración, oración, oración». Gaby quería vivir con todas sus fuerzas, pero más aún quería que la gente, por medio de su enfermedad, se acercara a Dios y a la Virgen: «No tengo palabras para agradecer tanto amor hacia mí y mi familia (…). No dejen de rezar, yo no dejaré de hacerlo por todos ustedes, que me acompañan en esta lucha. Gracias, gracias, gracias por mostrarme a Dios en cada mensaje que me envían».

Cuando la vida es el premio

En enero de 2015 recibí la mejor noticia que puede recibir una mujer, Dios me bendecía con un segundo hijo. Lo que nunca imaginé es que cuatro meses más tarde escucharía la más devastadora de todas: fui diagnosticada con cáncer de seno gestacional. A partir de ese momento, mi bebé, mi familia y yo comenzamos a transitar un largo camino. Como toda lucha contra el cáncer, la victoria es la vida, pero en mi caso se trataba de dos: la mía y la de mi bebé.

Esta valiente mamá se llama Gaby, es venezolana y vive en Perú -ya imaginarán por qué-. Tengo la inmensa suerte de ser su amiga, no tienen idea de todo lo que me ha enseñado solo con hacer lo que mejor sabe: vivir.

gaby olivo

Cuando, hace unos días, supe que el cáncer había vuelto un par de meses después de haber superado lo del seno, me quedé en shock. Muchos nos quedamos lelos, paralizados, confundidos. ¿Por qué, Señor, por qué? ¡La flaca ha pasado por tanto! No era justo, en serio que no lo era. Pero Dios tiene sus caminos para lograr cosas maravillosas que a veces no entendemos ni aceptamos, y ella, que es una mujer de fe, lo sabe. Se ha puesto en las manos de Nuestra Señora de Coromoto, patrona de Venezuela, y por su país está ofreciendo su dolor.

Así como Gaby, habrá muchas madres luchando por su vida para, como dice ella, estar la mayor parte del tiempo posible junto a mis hijos para disfrutarlos, educarlos y amarlos junto a mi esposo, como soñamos desde antes de que nacieran.

Quizás tú, que me estás leyendo ahora, también estás librando una batalla física, o emocional, o espiritual. Y tal vez -no te culpes por ello-, estás cansada y no entiendes por qué justo tú.

¿Sabes por qué? Porque solo tú eres capaz de enseñarle al mundo el sentido del dolor, que no es más que el amor. Solo tú generas y exhalas en cada paso una fortaleza tal que inspiras a todos los que te rodean. Porque gracias a ti conocemos el preciado valor de la vida.

No te rindas, por favor, que aunque a veces no parezca, a las personas luchadoras como tú lo que no les falta nunca es el amor. Y desde ya, a todas las Gaby que están en este momento conmigo, les ofrezco todas mis oraciones a Papá Dios para que la misión termine pronto.

Y recuerda siempre que la sonrisa fortalece, es parte del remedio que necesitas. Dale, tú puedes. Eres una campeona. Como Gaby, mi amiga guerrera.