Basta de culpas y exigencias, en serio

Estoy releyendo -no, mentira, Siri (la voz del iphone) está leyendo para mí- el libro “Los diez hábitos de las madres felices” (un resumen aquí y si quieres comprarlo, aquí).De verdad, de verdacito, en serio, se los recomiendo. Es como una cachetada de realidad cuando estás en el punto máximo del drama de la maternidad, cuando te sientes una inútil y piensas que sería mejor que otra llene tu lugar.

“No les dedico tiempo suficiente a mis hijos”, “no he sabido enseñarle a comer de todo a Laurita”, “Pablito se resfrió porque no le cambié el polo mojado en la madrugada”, “he descuidado a mis amigas”, “casi no converso con mi esposo”… ¿Les suena conocido? Muchas veces, nos consideramos un desastre por no cumplir con todas las exigencias que nosotras mismas nos imponemos -sí, aunque la exigencia venga de afuera, eres tú quien la acepta-.

Cito a Meg Meeker, pediatra y autora del libro:

“(…) nos parece que no hacemos un trabajo lo suficientemente bueno en ninguno de los ámbitos en los que nos movemos. No porque no seamos buenas en cada uno de ellos, sino porque estamos tratando de hacer demasiado y demasiado bien”.

Mi esposo, cuando me entra el agobio por querer hacer demasiado y demasiado bien, me dice: “Una cosa a la vez”. ¡Una cosa a la vez! ¿Cómo se come eso? Ni con cuchara, ni con cucharita, ni con tenedor. No, señor, las madres no podemos. Mientras damos de comer a uno, planchamos el pantalón del otro y atendemos una llamada del trabajo.

Y yo me pregunto, ¿por qué?

Y yo me respondo: Porque queremos.

Ser mamá es sacrificado, es un dulce sacrifico, en realidad; es un sacrificio que nunca terminamos de agradecer porque nos llena el alma y el corazón… pero en este mundo todo tiene un límite, y no refiero a la entrega, sino a que no podemos seguir haciéndonos daño con nuestro martilleo mental culposo e incesante.

Si desabrigaste a tu bebé y se resfrió, ¿qué? ¿Acaso lo hiciste a propósito? No creo, probablemente pensaste que tenía mucho calor y más bien quisiste aliviarlo. Si llegas a tu casa a las 8:00 pm y tus nenes se duermen 8:30 pm, ¿eres una maldita ausente por esa insulsa media horita en la cual estás con ellos? Tú saliste a tiempo, tú pusiste Waze para llegar lo más pronto posible y no te detuviste a comprar agua, pese a que te morías de sed. Hiciste lo que pudiste, tus hijos necesitan dormir y ellos saben, aunque pienses que no, que los amas.

Haces, hacemos lo que podemos. No podemos más, no somos hadas madrinas y no tenemos que sentirnos culpables por ello. Eso tiene que hacer que te valores, que te sientas muy bien contigo y que confíes en que tus hijos estarán bien. Recuerda: criar con miedo a lo que sentirán, al daño a su autoestima que podemos estar causando, a que nuestra ausencia sea la causa del fracaso escolar, etc. solo te llevará al algo peor: a que todos esos fantasmas se vuelvan de carne y hueso y los atrapen. Ellos siente contigo: si tú estás bien, ellos también; si tú estás estresada, terminarás haciéndoles el daño que tanto temes.

Por eso, cuídate y respétate. Explícales, si están en edad de entender, que mamá necesita un tiempo para bañarse sola y tranquila porque, si no, luego se vuelve un ogro. Si tienes bebecitos muy bebecitos, habla con tu esposo y que lo cuide un rato mientras das una vuelta a la manzana, o miras por la ventana, o te pintas las uñas. Tú no solo eres mamá, eres mujer, y las mujeres somos muy creativas: encuentra tu lugar, tu espacio, y no te sientas egoísta por ello: tus hijos no necesitan a una mamá estresada, agobiada y en el suelo, no. Si quieres que sean felices, tú debes dar el ejemplo.

Por supuesto, en realidad me estoy diciendo todo eso a mí misma. Aplicaré, lo prometo.

 

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